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postheadericon Diócesis de Apatzingán: 50

oreja

“Con 16 Parroquias desmembradas de la Diócesis de Tacámbaro, el Papa Juan XXIII erigió la nueva Diócesis de Apatzingán en el año 1962 y nombró a D. Victorino Álvarez, del Clero de Morelia, su primer Obispo”

El 30 de abril de 1962, el Sumo Pontífice Juan XXIII promulgó el decreto de erección de la Diócesis de Apatzingán, mediante la bula Quo aptius, la cual fue ejecutada por el Excmo. Sr. Delegado Apostólico Aloisius Raimondi, el 24 de julio de 1962. Dieciséis Parroquias se desmembraron de la Diócesis de Tacámbaro para formar el territorio de la nueva Diócesis: Lombardía, Nueva Italia, Pará­cuaro, Arteaga, Tumbiscatío, La Mira, San Pedro Naranjestil, Aquila, Coahuayana, Villa Victoria, Coalcomán, Aguililla, Te­pal­catepec, Buenavista, Acahuato y Apa­tzingán. Los Sacerdotes que atendían estas Parroquias formaron el Presbiterio de la nueva Diócesis de Apatzingán, en comunión con su primer Obispo el Excmo. Sr. Don Victorino Álvarez Tena, originario de la Arquidiócesis de Morelia.

Difícil fue la tarea que tuvo que enfrentar Mons. Álvarez Tena y su Presbiterio: crear una comunidad eclesiástica particular, destinada al crecimiento espiritual y social de los fieles. Desde sus inicios, el Excmo. Sr. Victorino Álvarez Tena abocó recursos y entusiasmo, apoyado por los Sacerdotes y seglares a la creación del Seminario Diocesano. Se crearon, igualmente, las comisiones necesarias para promover un ambiente de fraternidad y de verdadero amor cristiano. Todo esto en plena renovación conciliar.

El 16 de julio de 1974, el Papa Pablo VI nombró II Obispo de la Diócesis al Excmo. Sr. Don José Fernández Arteaga, anteriormente Párroco de Nuestra Señora de los Ángeles, en Tulancingo, Hgo., quien fue ordenado Obispo el 12 de septiembre del mismo año.

Mons. Fernández Arteaga reabrió el Seminario Menor en Apatzingán el 1 de septiembre de 1975. Logró estructurar el Consejo Presbiteral, promovió el apoyo asistencial de los Sacerdotes Diocesanos y se formaron las diversas comisiones diocesanas necesarias para la representación y colaboración a nivel provincia y nacional y la fundación de las Hermanas Diocesanas de Nuestra Señora de los Ángeles.

El Papá Juan Pablo II me nombró tercer Obispo de Apatzingán el 14 de abril de 1981. Recibí la consagración episcopal y tomé posesión de la Diócesis el 21 de mayo de ese mismo año en la Iglesia Catedral de esta ciudad. Desde el primer día de trabajo, mi propósito fue continuar la línea de mis predecesores apoyando los trabajos pastorales e iniciativas apostólicas de los Sacerdotes, Religiosos, Religiosas y fieles laicos, buscando siempre la unidad de toda la comunidad eclesial. Mi interés se centró en la preparación de los Sacer­dotes y de los fieles. Se mandaron varios Sacerdotes a estudiar a Roma, Colombia y la Universidad Pontificia de México. Se promovieron los movimientos laicales y se les dotó de asesores espirituales.

Ante la necesidad de dar una mejor atención a las Parroquias de la Costa, se promovió la creación de la Diócesis de Cd. Lázaro Cárdenas, erigida como tal por el Beato Juan Pablo II y ejecutada solemnemente el 18 de diciembre de 1985, siendo su primer Obispo Mons. Jesús Sahagún de la Parra.

Dos han sido mis propósitos como Obispo: Una eficiente atención pastoral a los fieles laicos y la unidad de nuestro Presbiterio. Con este fin y con motivo de la celebración de los 25 años de la Diócesis, comenzamos a impulsar, desde 1987, la elaboración del Plan Diocesano de Pastoral, y de esta manera tratamos de responder al llamado que el Papa Juan Pablo II nos hacía de trabajar en una Nueva Evangelización; nueva en sus métodos en su ardor y en su expresión.

En 1989 se elaboró el primer Plan Diocesano de Pastoral con el método participativo.

Con el mismo fin de impulsar la pastoral se promovió la construcción de la Casa San Pablo, y se determinó que la antigua casa del Seminario Menor se convirtiera en Casa de Pastoral. De esta manera contamos con dos Casas de Pastoral. Al mismo tiempo hemos impulsado la consolidación de nuestro Seminario.

En este marco histórico vivencial, enfatizado por las Bodas de Oro de nuestra Diócesis, quiero expresar mi gratitud al Dios Todopoderoso por darme la oportunidad de prestar un servicio humilde en mi condición de pastor a esta porción de su rebaño, rogamos al buen Dios nos siga acompañando en nuestro caminar para que los problemas sociales que azotan a nuestro pueblo jamás nos hagan perder el rumbo. Reconocemos, igualmente, la presencia, el acompañamiento maternal de María Santísima, Madre de la Iglesia y nuestra Reina, bajo la advocación de Nuestra Señora de Acahuato.

 

Mons. Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en México

 

Queridos hermanos y hermanas:

Nos encontramos reunidos para clausurar con esta santa Misa de acción de gracias, el solemne Año Jubilar por el 50 aniversario del nacimiento de esta amada iglesia particular de Apatzingán. Nuestro gozo y esperanza se hacen hoy oración de alabanza por los innumerables beneficios recibidos a lo largo de todos estos años en los que numerosos padres y madres de familia fueron capaces de transmitir la fe a sus hijos; en los que muchos Sacerdotes, fieles a su vocación, no cesaron de ofrecer a todos la vida divina; en los que no pocos consagrados enseñaron a los niños a leer y a escribir inculcándoles también el deseo de conocer, de amar y servir a Dios, o supieron gastar sus vidas al servicio de cuantos sufrían en su cuerpo o en su alma.

Por ello, en esta celebración queremos expresar nuestra gratitud a Dios y a las muchas beneméritas personas que nos han precedido y a las que hoy nos acompañan, ofreciéndonos un testimonio valiente de fidelidad a Dios en el servicio a los hermanos. Pero, además, queremos confirmar nuestra disponibilidad para proseguir el trabajo con renovado entusiasmo y dinamismo para lograr edificar juntos un presente más humano y un futuro de esperanza para las próximas generaciones, teniendo siempre al centro de nuestras vidas a Jesús mismo.

Alentada y sostenida por la fuerza del Espíritu Santo, esta Diócesis ha ido creciendo como comunidad de fe, de esperanza y caridad. En ella y a través de ella, muchos han sido engendrados a la vida de hijos de Dios e incorporados a Cristo. Muchos han sido también quienes, encontrando a Jesús, han madurado en su fe mediante la escucha y la acogida de la Palabra de Dios, la oración y los Sacramentos; otros muchos, por su parte, han descubierto y seguido aquí el camino de su vocación cristiana y encontrado fuerza para dar testimonio de su fe y evangelizar.

Recordamos a los Sacer­dotes que ha sido asesinados en el transcurso de estos años: el Sr. Cura de Pinzándaro, Miguel Ochoa; el Sr. Cura de El Aguaje, Abelardo Espi­noza; el P. Miguel Marzán, Sacerdote de la Santísima Trinidad; el P. Macrino Nájera, Sacerdote Reden­torista, asesinado en Rancho Nuevo, y el Sr. Cura de San José de Chila, Víctor Manuel Diosdado Ríos.

Por ello, con Santa María, Madre Nuestra y Madre de la Iglesia, bajo cuyo patrocinio vive y camina esta comunidad diocesana que la invoca cariñosamente, con el nombre de Nuestra Señora de Acahuato, nuestra mirada se dirige a Dios, en Jesús, y con Ella le cantamos: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Sin ella, sin su permanente presencia amorosa, todo hubiera sido más difícil; por ello a Dios Uno y Trino, fuente y origen de todo bien, adoramos y damos gracias.

Le damos gracias por cuantos han colaborado generosamente en el trabajo pastoral, y por todos los que de un modo callado y desapercibido han contribuido a la edificación de esta comunidad diocesana, con su oración fervorosa, su vida y obras de santidad.

¡Sí, hermanos y amigos!, el trabajo ha sido mucho y arduo. Sin embargo, en esta tarea evangelizadora, siempre queda mucho por hacer. ¿Acaso no es necesario y urgente seguir anunciando el Evangelio con creciente empeño, a un mundo extremadamente violento y egoísta? Una cosa es cierta: como Iglesia sostenida por la fe, animada por la esperanza y dinamizada permanentemente por la caridad, debemos proseguir con la tarea de cristificar, “ad intra” y también “ad extra” al mundo entero.

El Papa Juan Pablo II afirmó en la Tertio milennio adveniente que “el jubileo es una característica de la misión de Jesús”, porque cuando Jesús realizaba los milagros, cuando expulsaba a los demonios, y cuando la gente escuchaba su Palabra, todos los que le seguían sentían júbilo. Porque su mensaje significaba liberación integral.

Desde esta perspectiva, que los mismos Evangelios nos ofrecen, es fácil comprender el porqué, si bien hoy concluimos oficialmente el Año Jubilar, el tiempo de jubileo que brota de la fe en Cristo Jesús no se acaba con el hoy del tiempo, sino que él, por naturaleza, está llamado a prolongarse sin término, siem­pre con renovada y dinámica conciencia; a reiniciarse incesantemente, asumiéndolo en su sentido pleno, esto es: acoger a Cristo y su Evan­gelio en nuestra vida y sociedad. Porque en realidad, hermanos, el verdadero jubileo no es ni lo da el tiempo. El verdadero jubileo viviente y personal es Jesucristo: ¡Él es la razón de nuestro profundo jubileo! Cuando en la sinagoga Jesús tomó el libro del profeta Isaías y leyó el trozo en el que se anunciaba un año de gracia, año de júbilo, de liberación para los pobres, los presos, los ciegos y oprimidos en general, Jesús precisó, y es ésta la gran novedad, que la palabra que acaban de oír se ha cumplido hoy.

Una afirmación, por lo demás breve, pero a través de la cual Jesús revela, ante todo, que es una persona y en su acción que se “cumple” el jubileo con su significado de liberación integral: que él es el Mesías anunciado y esperado, sobre quien está el Espíritu divino que lo consagra y envía para llevar el feliz anuncio y proclamar un año de júbilo. Pero, además, con sus palabras, Jesús revela que en su acción, o mejor en su misma persona, llega el cumplimiento en el tiempo de la salvación: que el entero tiempo de la salvación se concentra en ese hoy en el que convergen y se hacen presentes el pasado, el presente y el futuro.

En realidad –dice en este contexto la “Tertio milennio adveniente”–, el tiempo se ha cumplido por el hecho mismo de que Dios, con la Encar­nación, se ha introducido en la historia del hombre. La eternidad ha entrado en el tiempo, en este tiempo intermedio de la Iglesia, del Espíritu prometido y donado por Jesús, en el cual el Evangelio es y debe ser anunciado y comunicado a los hombres, a fin de que todos puedan beneficiarse de la salvación. Este tiempo es el de la misión evangelizadora.

En este estupendo contexto es entonces fundamental darnos cuenta de que el jubileo celebrado en esta Diócesis ha sido sin duda un acontecimiento importante, pero también un evento aún no acabado. Porque si bien contemplamos y comprendemos, es necesario prolongar nuestro jubileo –llevar el júbilo del Evangelio– a lo largo de la historia del tiempo, no sólo en clave de celebración, sino sobre todo en perspectiva de compromiso: de conversión, de comunión, de evangelización y misión.

El verdadero jubileo, en efecto, ni conseguirá su objetico ni mucho menos será pleno si sólo es vivido en perspectiva celebrativa, y si no se lo considera como lo que verdaderamente es: un proceso permanente de evangelización integral para los que están cerca, para los que están lejos y, sobre todo, para nosotros mismos, llamados a poner en nuestras mentes y en nuestras vidas a la Persona de Jesús y su proyecto que reclama saber vivir, pensar, obrar, querer y sentir como Jesús y a la manera de María.

Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho, había dicho convencida María al Ángel, con una actitud que indicaba que Ella era totalmente sierva del Señor; pero también que era y debía ser, a partir del momento en que quedaba definitivamente unida a la persona y a la misión