agradecimiento abuelos

Querido amigo Mac: Seguramente has escuchado la frase aquella de que “es triste llegar a viejo, pero es más triste no llegar”.

Y ahora que algunos de mi generación estamos por llegar a la otra orilla de la vida, cuando estamos en el crepúsculo de la existencia y escuchamos a nuestros nietos llamarnos con la suave palabra de “abuelo”, lanzamos una mirada en retrospectiva y recordamos cuando en la niñez anhelábamos ser mayores; tarde se nos hacía para llegar a los veinte o veinticinco años; los días, aunque llenos de magia y de ilusiones, se nos hacían muy largos; los meses y los años se nos antojaban eternos, y la verdad es que, a estas alturas, encontramos la realidad de que la vida es un suspiro. A medida que van pasando los años, sentimos que el tiempo pasa con una rapidez asombrosa.

Vivimos en una sociedad que le tiene terror a la vejez; los eufemismos están a la orden del día y van cambiando con la rapidez de una nube empujada por el viento. Pasando de los 60, empiezan a colgarte el calificativo de viejo; suena despectivo, y se cambió por el de anciano. Duró unos años, y luego se aplicó aquello de que “ha llegado a la tercera edad”. Y en la actualidad, el eufemismo es más piadoso: llegas a ser “adulto mayor”. Esto no te quita lo viejo, pero te hace sentir mejor y es menos desdeñoso.

En realidad, ¿es una tragedia llegar a la ancianidad? Definitivamente no. Cuando lazas el aldabón de la puerta que te lleva a la mayoría de edad y tocas para poder entrar, si tu actitud frente a la vida es de un meditado optimismo, te encuentras frente a un panorama muy agradable. Ha llegado el momento de la serenidad, de tomar la vida con calma, de ser contemplativo y de agradecer a Dios un día más de vida.

A esta edad, asombra el hecho de despertar cada mañana y, sin dejar de ser activo, realizar con la maestría que dan los años la actividad a la que estás acostumbrado. Es una bendición incomparable.

Por otro lado, cuando te rodean los nietos, vives una aventura inolvidable. Unos te dicen abuelo, otros “abuelazo”, y no falta el granujilla que te dice: “Oye, Mac, no manches, vamos a jugar”. Y tú, con una sonrisa, recuerdas cuando eras chavillo y no se permitía llamar a los abuelos por su nombre, y te das cuenta de las carretadas de amor que se perdieron nuestros abuelos por tiesos y apegados a las reglas de urbanidad de aquellos tiempos.

Además, encontramos ejemplos muy hermosos de “betabeles” que, con un montón de años sobre los hombros, dejaron una huella muy profunda. Te doy algunos ejemplos: Miguel Ángel, ya anciano, trabajó amorosamente en la cúpula de San Pedro. A los cien años, Tiziano pintó sus mejores obras. Goethe tenía 82 años cuando escribió su famoso libro Fausto. Hay que admirar, pues, a esos ancianos que, a pesar de la edad, ven el mundo con ojos jóvenes y corazón ardiente. Vamos a sumarnos a ese grupo de adultos mayores que son ejemplo de lo que puede ser una vida fecunda. Mi querido Mac, se puede florecer, aunque el tronco y las ramas ya están rugosos; lo que hay que cuidar son las raíces. Si las tenemos fincadas en Dios, ¿qué podemos temer? Te saludo con cariño y afecto, y deseo lo mejor para ti. Mac.