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Semanario Comunidad Cristiana


Es el periódico de la Arquidiócesis de Morelia. informa y forma a los fieles católicos acerca de todos los asuntos que interesan a la fe, la doctrina y los acontecimientos de la Iglesia Universal, Regional y Diocesana.

Sus temas de reflexión corresponden a todas las Áreas y Tareas de la Pastoral Diocesana donde la voz del Pastor junto con plumas autorizadas divulgan y explican los planes y programs de cada actividad (Catequesis, Liturgia, Pastoral Social, Laicado, etc.)

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1º de Mayo Nº 335, Centro, Morelia, Mich.


opinion

Uno de los actuales grandes temas del país es la imagen que se proyecta del maestro y sus movilizaciones. Se tacha a los maestros –generalizando, además– de holgazanes, majaderos, resentidos sociales, ineptos, cortos de mente, arribistas, politiqueros y hasta ladrones.
No voy a defender a colegas que han caído en esos atributos por méritos propios porque reconozco que, como todo gremio humano, hay mejores y peores que la mayoría. Sin embargo, es infame juzgar a todos los docentes por unos pocos que entran en la categoría más nefasta.
Tengo muchos años en el sector magisterial y he visto infinidad de programas, he asistido a varias capacitaciones, cursos, diplomados, etc., con los que supuestamente se elevaría la calidad educativa. Me evalué cada año, una gran cantidad de veces, en Carrera Magisterial, programa que pretendió mejorar las percepciones de aquellos maestros que ejercieran la docencia con calidad. Ahora me pregunto:: ¿Dónde quedaron las metas de esos cursos y programas? La calidad educativa es cada vez peor, según los medios y los voceros políticos, ¿qué es entonces lo que ha fallado?
Haciendo un análisis de la situación actual, me doy cuenta de una incontable incidencia de irregularidades que se han venido arrastrando a través de los años, entre ellos: impunidad a los maestros que incurrieran en faltas a las leyes establecidas –porque siempre ha habido leyes, no como ahora pretende el Gobierno sacar de su manga la panacea–, lo malo es que no proceden cuando se trata de recomendados o personas con poder.
Los programas de mejora a escuelas o a maestros desviaron recursos, se otorgaron indebidamente y nadie dijo nada. Ahora se pregona que los maestros no quieren capacitarse ni ser evaluados., ¡Mentira! Fuimos evaluados con los mismos instrumentos que ahora se quieren imponer como herramientas para lograr la excelencia, como son los exámenes de opción múltiple, que no reflejan la capacidad ni el razonamiento personal, a veces ni siquiera son los mejores elementos quienes los pasan.
Nadie va a las escuelas de quienes se encargan de vigilar el buen uso de los recursos de los programas, y si lo hacen minimizan, encubren, falsean o si acaso dejan una nota. Los supervisores, en pocas ocasiones, asisten para revisar el desempeño del grupo y del maestro. No ven el clima emocional del aula, las condiciones materiales y de recursos técnicos, solo se aplica otro examen generalizado a los alumnos por parte de instituciones ajenas y con base en él se dan resultados.
Quienes estamos cercanos a las escuelas somos conscientes de que el maestro que siempre asiste al aula no es necesariamente el que mejor desempeña su función, sino aquel que busca el bienestar y el mejor aprendizaje de sus pupilos. Nada gana el niño con que su maestro platique fuera del salón, teja hermosas prendas, les deje planas y ejercicios del libro o se duerma mientras los alumnos hacen lo que quieren.
Es necesario que se conozca de fondo la razón de la deserción escolar, del bajo rendimiento, saber qué está pasando con el núcleo familiar, escolar y comunal: si tienen recursos económicos para solventar sus mínimas necesidades; si los niños están bien atendidos física o psicológicamente; si la necesidad de que trabajen todos los miembros de las familias obliga al niño a insertarse en el medio laboral o a emigrar, en el peor de los casos, y no por ello menos frecuente; si el joven ve pocas expectativas de realizarse a través del estudio porque no hay oportunidades de empleo o de recursos para autoemplearse, y decide abandonar sus sueños y hasta dedicarse a la malvivencia o a negocios ilícitos.
Nunca he sido partidaria de marchas, tomas, paros, y mucho menos de agresiones a las personas o a las cosas, porque en alguna forma salen perjudicados siempre los que menos tienen que ver con las peticiones o inconformidades. En especial, los niños de escuelas públicas son, en el mayor de los casos, quienes no tienen la posibilidad de pagar un colegio o escuela privada donde se asista durante todo el ciclo. Es entonces la única oportunidad que se les ofrece de aprender y mejorar su condición humana, no tenemos razón de quitarle o mermarle ese derecho ciertamente. Sin embargo, ante la cerrazón, la poca disponibilidad de diálogo, la imposición absurda y el nulo interés en la opinión real y crítica, o la aportación intelectual, interesada en el bien común de ciudadanos capaces y comprometidos, al margen del pago muchas veces no trasparentado de nuestros impuestos y del tan manoseado derecho a la atención e información, no queda otra que hacerse visible como sea y a costa de todo. Y no lo digo solamente como maestra, sino como ciudadana.
Señores políticos, es mi deber decirles por todos los medios a mi alcance que se den cuenta de que su función es servir a la sociedad, haya o no votado por ustedes. Ya están ahí, por favor volteen a su alrededor, no todo son empresas. Las instituciones gubernamentales son servicios públicos, no privados para obtener ganancias o privilegios. Dense la oportunidad de actuar como ciudadanos, como seres humanos comunes, de ver a los ojos al pueblo y tratar de entenderlo, de conocer sus malestares. Estamos cansados de las mismas imágenes estereotipadas y de manipulación de los medios, ya no las creemos. Si no cambia esta situación, habrá más expresiones de inconformidad, la represión será mayor y la respuesta puede llegar al colapso.

 

Profra. María Elena Caballero Díaz • Morelia

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