Bautismo de Nuestro Señor Jesucristo

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Antecedentes

Con esta fiesta del Bautismo del Señor, se cierra el Tiempo litúrgico de Navidad. En él se conmemora también el pasaje evangélico que culmina la manifestación del Señor al mundo.

Nos recuerda el historiador Andrés Caimari que, después de la Navidad, “en la Adoración de los Magos han visto todos los Santos Padres la manifestación de Cristo a los paganos y al mundo en general; en el milagro de las Bodas de Caná, la manifestación de su poder; y en el Bautismo del Jordán, la purificación y toma de posesión de su Iglesia y de cada una de las almas”.

Precisa el mismo historiador que, cuando la fiesta romana de la Navidad se impuso en el Oriente, la liturgia de la Epifanía sustituyó la conmemoración del Nacimiento del Salvador por la primera «manifestación de Dios» en otro orden de testimonios divinos: los milagros; y escogió el primero de ellos: el de las bodas de Caná. Y, al introducirse, en forma relativamente tardía, la octava de Epifanía, se reservó para el día octavo la conmemoración del Bautismo de Jesús.

Voz que clama en el Desierto

En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César (30 d.C.), vino la Palabra de Dios sobre el mayor de los profetas de Israel, Juan, hijo de Zacarías, en el Desierto (Lc 3,1-2), donde crecía su recia juventud. Obedeciendo al instante, vino por toda la región cercana al Río Jordán, predicando en el despoblado un bautismo de penitencia para la remisión de los pecados (v.3).

Después de varios siglos, Juan reanudaba la tradición de los profetas, encarnando el espíritu y las trazas del más austero de ellos, Elías. Avasallaba con su ejemplo: con un vestido de pelo de camello, y un ceñidor muy modesto, de cuero, alrededor de sus lomos. Modesta como su indumentaria, era su comida: langostas secadas al sol y estrujadas (manjar de gente pobre) y miel silvestre (destilación gomosa de ciertos árboles, a falta de la exquisitez de las abejas). Su austeridad de profeta, el tema de su predicación de profeta –que recrimina los vicios sin acepción de personas–, y su mensaje sobre el Mesías próximo, junto con el rito inusitado de un bautismo, figurativo de la reforma interior de vida, todo ello le daba gran autoridad; promovía un fuerte movimiento religioso, que aquellas caravanas orientales se cuidaban de extender hasta los últimos confines.

Las turbas sencillas, los publícanos y soldados, arrepentidos, se sumergían en el río, confesando sus pecados, en una especie de “Yo pecador...” general.

El «juicio» del Mesías estaba próximo: Ya el cernidor está en sus manos para limpiar su era, y meter su trigo en el granero y quemar la paja en un fuego inextinguible (Mt 3,12). Los saduceos, escépticos, y los fariseos, aferrados a sus tradiciones muertas, se mantenían, ciegos, a la expectativa. “¡Raza de víboras! ¿Quién les enseñó a huir de la ira de Dios inminente? Hagan, pues, frutos dignos de penitencia. La guadaña está ya puesta a la raíz del árbol. Así que todo árbol que no dé buen fruto, será cortado y arrojado al fuego” (Mt 3,7-10).

Ante este movimiento religioso, la autoridad teocrática no pudo por más tiempo permanecer indiferente y quiso tomar informes directos del caso. Era su obligación, por otra parte, investigar sobre ritos nuevos, y sobre cuanto tuviera alguna relación con el advenimiento del Mesías.

Así pues, los judíos le enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas, miembros del Sanedrín, para preguntarle: “¿Tú quién eres?” Y Juan responde, tajante, que no es el Cristo, ni Elías, ni el profeta legendario esperado; sino simplemente la voz del que clama en el desierto: “Enderecen el camino del Señor, como lo tiene dicho el profeta Isaías” (Jn 1,20-23). “Pues entonces, ¿cómo es que tú bautizas...?” Les respondió Juan: “Yo bautizo con agua” –un rito exterior, extraordinario, que simboliza la remisión de los pecados, y a lo más, excita a penitencia interna, por contraste con el bautismo en el Espíritu y en el fuego (Mt 3,11), que conferirá el Mesías–, “pero en medio de ustedes hay Uno a quien no conocen. Él es el que ha de venir después de mí, el cual ha sido preferido a mí, y a quien Yo no soy digno de desatarle las agujetas de sus zapatos” (v.26-27).

El Bautismo de Jesús

Al día siguiente de esta embajada, vio Juan a Jesús que venía, victorioso del desierto de la cuarentena, a su encuentro. Y Juan, gozoso, lo señala a sus discípulos anhelantes: “He aquí el Cordero de Dios; vean aquí el que quita el pecado del mundo. Éste es Aquel de quien yo dije: ‘Después de mí viene un Varón, el cual ha sido preferido a mí, por cuanto era ya antes que yo. Yo no lo conocía, personalmente; pero yo he venido a bautizar con agua, para que Él sea reconocido por Mesías en Israel” (vv.29-31).

En efecto, Jesús, que tendría unos treinta años, vino de Galilea al Jordán en busca de Juan para ser bautizado por él (v.13). Juan, empero, iluminado interiormente, con profundo respeto, se resistía diciendo: “Yo debo ser bautizado por Ti, ¿y Tú acudes a mí?” (v. 14).

Y Jesús responde: “Deja que sea así por ahora, porque conviene cumplir toda justicia”. Juan entonces condescendió con Él (v.15).

Sube Jesús del agua, brota el milagro, se abren los Cielos, baja el Espíritu de Dios (Mt 3,16), en forma corporal como de una paloma (Le 3,22), y se oye la voz del Cielo: “Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

Así, quedó Jesús acreditado por Dios como el Mesías prometido, como lo vaticinaron los profetas; ungido con la plenitud del Espíritu Santo, Hijo de Dios verdadero y predilecto del Padre.

No lo fue Jesús por el bautismo, per aquam, pues lo era en su sacratísima humanidad desde el momento de la Encarnación, per sanguinem, por la Sangre recibida entonces y derramada «a borbotones» en la Cruz. Pero Dios lo quiso atestiguar solemnemente en aquella ocasión inaugural del Reino de Dios.

Y dio entonces Juan este testimonio de Jesús, diciendo: “Yo he visto al Espíritu Santo descender del Cielo en forma de paloma y reposar sobre Él. Yo antes no lo conocía (de una manera cierta, completa, oficial); pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu Santo y reposa sobre Él, Ése es el que bautiza con el Espíritu Santo”. Yo lo he visto y por eso doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios” (vv.32-34).

El Bautismo del cristiano

La manifestación de la Santísima Trinidad que se esbozó, augural, en el bautismo de Jesús, preside la iniciación cristiana.

Instruyan –dice el Señor– a todas las naciones en el camino de la salud, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,19). El bautismo, eficaz como todo sacramento, producirá en el alma la limpieza y santidad que significa, en virtud de la invocación y confesión de las tres divinas personas.

En cada Bautismo se repite en cierto modo lo que aconteció en el Jordán. Se abre el Cielo, que es la herencia del neófito, el Espíritu se cierne sobre éste, y el Padre celestial lo reconoce como hijo suyo, como hermano de Cristo, miembro de su cuerpo, la Iglesia, y coheredero, con Cristo, de los Cielos.