“Madre, danos tu consuelo, fortaleza y esperanza”

43879973 931202523746847 8582151479899455488 oPeregrinación de hombres al Tepeyac

Alberto Calderón/Jacobo Soto/Juan Luis Valdovinos

Con gran espíritu de sacrificio, oración y devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe, miles de peregrinos a pie, en bicicleta y hermanos purépechas de distintas Parroquias del Arzobispado arribaron el pasado jueves 11 de octubre a la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe, a visitar a la “Morenita del Tepeyac” como lo han hecho por más de 60 años.

La Peregrinación Varonil a Pie al Tepeyac, que dio inicio los primeros días de octubre, concluyó la madrugada del jueves, luego de que los miles de peregrinos sortearon fríos, lluvias, cansancio y grandes sacrificio en su camino al Tepeyac.

Este año, las intensas lluvias acompañaron el caminar de los peregrinos por largos ratos; sin embargo, su fe y devoción los animó cada día a seguir su ruta para encontrarse con la Virgen de Guadalupe.

Como es costumbre, las diez Regiones que integran la Peregrinación de a Pie arribaron a las inmediaciones de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en la madrugada, y en medio de un ambiente de fiesta esperaron unos momentos para ingresar al recinto mariano, que abrió su puertas a las dos de la mañana para dar ingreso a los miles de peregrinos de la Arquidiócesis, que así se dispusieron a concluir su peregrinar con la Eucaristía que presidió el Sr. Arzobispo D. Carlos Garfias Merlos en punto de las seis de la mañana.

En la Santa Misa, la cual concelebró un grupo numeroso de sacerdotes que acompañaron a los peregrinos de las distintas Regiones para darles asistencia espiritual, el Pastor Diocesano, ante todo, dijo. “Queridos peregrinos, llenos de alegría y profunda esperanza estamos ante la imagen bendita de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de México, en este lugar santo: la Basílica de Guadalupe, donde manifestamos nuestra fe en el Dios de Jesucristo, cuya Santísima Madre es, también, Nuestra Madre”.

D. Carlos recordó a los peregrinos que la Virgen de Guadalupe, la Madre Inmaculada, es el símbolo y la primicia de la humanidad redimida y el fruto más espléndido de la venida de Cristo a nuestra tierra. “María Inmaculada es un camino de luz y de vida que, cuanto más se avanza por él, más fascinante se presenta; es una realidad viva y para vivir. Manifiesta un acontecimiento profundo de amor de Dios que supera la inteligencia y la capacidad expresiva del lenguaje humano. Es como un sendero esplendoroso abierto a la vida, al infinito y a la eternidad. Un don de Dios que alcanza al hombre en su ser y en sus aspiraciones más profundas y eternas”.

Dijo también que la verdadera devoción a la Virgen de Guadalupe consiste en imitarla en esta vocación y misión: “Acoger en nuestro corazón y en nuestras vidas a Cristo, por obra del Espíritu Santo, para darlo a los otros con el ejemplo, la oración, la ayuda, el sufrimiento, la palabra, la alegría, la fe y la esperanza”.

“Queridos hermanos peregrinos, el mal y el pecado sólo se vencen en unión con Cristo y María, que tienen en su mano la victoria sobre el pecado, sobre el mal y sobre la misma muerte. La presencia de Jesús victorioso, formado también en nosotros por el Espíritu Santo, y la presencia maternal de María en nuestras vidas, la tenemos garantizada por la misma palabra infalible de Jesús: ‘Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo’.”

El Sr. Arzobispo exhortó a los peregrinos a pedir a la Santísima Virgen la gracia de tener un corazón sencillo, la gracia de la paciencia, la gracia de luchar y trabajar por la justicia, de ser misericordiosos, de ser constructores de paz, unidad y armonía. “Hoy aquí, en el Tepeyac, pidámosle a nuestra Madre que, con su presencia, siga curando el dolor de todos sus hijos de México, de nuestro Estado de Michoacán, en especial de nuestra Arquidiócesis de Morelia. Hoy sintamos su consuelo, su fortaleza y su esperanza”.

Y concluyó: “Los invito a todos a regresar a nuestros hogares y comunidades reconfortados y alentados en nuestro compromiso de vivir según el Evangelio de su Hijo. Compartamos a todos los hombres y mujeres de nuestras vidas la alegría de creer. Creer, con todas nuestras fuerzas, en el bien, en la verdad, en la justicia y en el amor. Creer en el único Dios vivo y verdadero, que nos conduce a la paz”.

Ciclistas y Purépechas, a los pies de la Guadalupana

Este día también peregrinaron a los pies de la Virgen de Guadalupe un contingente de más de 3 mil ciclistas y unos 800 hermanos purépechas de los pueblos de la ribera del Lago de Pátzcuaro. A los ciclistas, el Sr. Cardenal D. Alberto Suárez Inda les dio la bienvenida y les celebró la Santa Misa, en la que los invitó a vivir este momento con gran fe, pero sobre todo seguir perseverando en sus comunidades para vivir como auténticos cristianos.

Al mediodía, también el Sr. Arzobispo D. Carlos Garfias Merlos presidió la Eucaristía, en la que recibió a los peregrinos purépechas que llegaron en autobús a la Basílica, y acompañado del P. José Luis García Silva, responsable diocesano de la Pastoral Indígena y de otros sacerdotes que atienden las comunidades purépechas, presidió la Santa Misa, en la que destacó: “Me llena de alegría encontrarme con ustedes en esta Peregrinación Purépecha. Bienvenidos sean todos aquellos que vienen de los Pueblos Originarios de Michoacán. Para todos, mi afecto, mi oración, mi solidaridad y mi bendición”.

El Sr. Arzobispo también resaltó que la Virgen María es modelo de anuncio de la Buena Nueva y de cómo ésta debe encarnarse en los pueblos que acogen la fe. Y los invitó a que en su cultura y sus costumbres se transmita la fe en Cristo Nuestra Paz, el Hijo bendito de María de Guadalupe. “Sepan que sus expresiones culturales merecen el máximo respeto, estima, simpatía y apoyo por parte de todos”, señaló.

“Ojalá que podamos todos sentirnos llamados a ser ‘Artesanos de la Paz’. Que María de Guadalupe mire siempre nuestras vidas, nuestros pueblos y comunidades, especialmente a sus hijos indígenas. Y a todos los invito a seguir fieles en nuestra misión de anunciar a Jesucristo, como María; anunciarlo a todas las razas y a todos los pueblos para que acepten su mensaje. Así, con la Evangelización, la Iglesia renueva las culturas, combate los errores, purifica y eleva la moral de los pueblos, fecunda las tradiciones, las consolida y las restaura en Cristo”.