nfhfRogelio Vázquez Carmona, Coordinador de la Dimensión Diocesana de Música Sacra y Litúrgica

“La música es un lenguaje que puede llevar a la percepción, a comprender algo del Misterio de Dios, y en ese sentido es, también, Teología” (R.P. Jordi Piqué, OSB). La Música Litúrgica tiene su propio y único lenguaje, sus propias normas y estructuras, de manera que cuando está unida intrínsecamente a la acción celebrativa, ésta se vuelve verdadera oración. Los distintos documentos preconciliares y postconciliares nos recuerdan que “en la Sagrada Liturgia, la música está al servicio de la Palabra; no está la Palabra al servicio de la música”.

Siempre se ha mencionado que la música, en general, tiene una doble función antropológica: una función “expresiva”, ligada a la revelación de la intimidad de la persona y una función “comunicativa”, ligada al lenguaje de una determinada cultura. Pero la música hecha propiamente para servir a la acción litúrgica debe, además, tener una dimensión teológica porque: 1) forma parte de la liturgia, y 2) posee una base bíblica y patrística. Cada intervención musical, sobre todo en la Celebración Eucarística, tiene su momento apropiado y su sentido distinto; por ejemplo, cantos que acompañan a un rito y cantos que son parte de un rito. Cada uno de ellos debe conservar su identidad o función en la celebración del Misterio.

Cuando el canto se reviste de formas y estilos “comerciales”, distraemos a la comunidad, ya que traemos a lo sagrado cosas del mundo, además lo despojamos de ese sentido teológico que la música verdaderamente litúrgica nos transmite, le quitamos un elemento que los documentos nos mencionan como la “santidad de formas”. San Agustín nos dice: "Yo siento que estas palabras santas sumergen mi espíritu en una devoción más cálida cuando las canto que cuando no las canto, porque todo movimiento del alma encuentra un matiz diverso en el canto o en la simple voz..." (cfr. Las Confesiones, 10,33).

Es por ello que debemos cuidar que nuestras ejecuciones no suenen a melodías que ordinariamente la gente escucha en otros ámbitos ajenos totalmente a los sagrados recintos de nuestras iglesias; basados en criterios como “es lo que a la gente le gusta”, o “lo que la gente ordinariamente escucha”, razonamientos totalmente ajenos a lo que debe ser el objetivo primordial por lo que la música fue admitida en los sagrados ritos de la Iglesia.