14y15 1de1 01El Mártir

Anacleto González Flores, el “maistro” Cleto (como se le conocía popularmente), nació en Tepatitlán, Jalisco, en julio de 1888. De orígenes humildísimos: hijo de un tejedor de rebozos alcohólico y de una madre trabajadora y piadosa, desempeñó los más diversos oficios hasta titularse como abogado en 1921, a los 33 años de edad, tras haber tenido que volver a realizar todos sus estudios dado que nunca le convalidaron el título obtenido en la Escuela Libre de Derecho de Jalisco. Casó con Ma. Concepción Guerrero, con quien procreó dos hijos.

En 1924, al ser clausurado el Seminario de San José por mandato del gobernador de Jalisco, José Guadalupe Zuno, organizó un Comité de Defensa del que posteriormente surgiría la Unión Popular y fundó el semanario Glaudium, que alcanzó un tiraje de cien mil ejemplares.

Ya en 1922 había coordinado el primer Congreso Obrero Católico en Guadalajara y organizado la Conferencia Nacional Católica del Trabajo que se extendió por todo el país.

En mayo de 1925 en la Ciudad de México se fundó la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa que favorecía el recurso de las armas, pero Anacleto no estaba de acuerdo, insistía en la sola fuerza moral para ganar la batalla. En 1926, militantes llegaron de la capital con un ultimátum para la Unión Popular, obligándole a entrar en la Liga. Al año siguiente comenzó el movimiento armado, que aceptó con mucho pesar.

El general Jesús Ferreira decidió acabar con la Unión Popular tomando preso al “Maistro”. El 31 de marzo de 1927 fue arrestado. Su martirio tuvo lugar al día siguiente, viernes primero de abril: sus verdugos le colgaron de los dedos pulgares y le desollaron las plantas de los pies... Finalmente, la hoja de acero penetró un pulmón tras lo cual murió. Antes de expirar, Anacleto le dijo al general: “lo perdono a usted de todo corazón; muy pronto nos veremos ante el tribunal divino, el mismo juez que me va a juzgar será su juez; entonces tendrá usted un intercesor en mí con Dios”.

El forjador de espíritus

Desde niño, Anacleto fue apodado “el Maistro” por su innata aptitud didáctica. Este “bautizo”, que nació de manera espontánea, se trocó después en cariñoso homenaje y hoy es un título glorioso. Maestro, sobre todo, en cuanto que fue un auténtico formador de almas. Consciente del estancamiento del catolicismo y de la pusilanimidad de la mayoría, o, como él mismo dijo, “del espíritu de cobardía de muchos católicos y del amor ardiente que sienten por sus propias comodidades y por su Catolicismo de reposo, de pereza, de apatía, de inercia y de inacción”, se abocó a la formación de católicos militantes que hiciesen suyo “el ideal de combate”, convencidos de que “su misión es batirse hoy, batirse mañana, batirse siempre bajo el estandarte de la verdad”.

A su juicio, el espíritu de los católicos, si querían ser de veras militantes, debía forjarse en dos niveles: el de la inteligencia y el de la voluntad. En el nivel de la inteligencia, ante todo, ya que “las batallas que tenemos que reñir son batallas de ideas, batallas de palabras”.

“Los medios modernos de comunicación”, escribe, “aunque sirven generalmente para el mal, podrán ayudarnos, si a ellos recurrimos, para que nuestras ideas se abran paso con mayor celeridad, en orden a ir creando una cultura católica. No podemos seguir luchando a pedradas mientras nuestros enemigos nos combaten con ametralladoras”.

En esta obra de propagación de la verdad, todos pueden hacer algo: los más rudos e ignorantes, dedicarse a estudiar; los más cultos, enseñar a los demás; los que no son capaces de escribir ni hablar, al menos pueden difundir un buen periódico; los que tienen destreza en hablar y escribir podrán adoctrinar a los demás. No nos preguntemos ya cuánto hemos llorado, sino qué hemos hecho o qué hacemos para afianzar y robustecer las inteligencias. A unos habrá que pedirles solamente ayuda económica; a otros su pluma y su palabra; a otros que no compren más los periódicos laicistas; a otros, que vendan los periódicos católicos.

Anacleto no se quedó en buenas intenciones. Se propuso constituir un grupo de personas deseosas de formarse, no limitado, por cierto, a los de inteligencia privilegiada, sino abierto a todos cuantos deseasen adquirir una cultura lo más completa posible. Para él, dicha labor era superior a todas las demás. La influencia de ese grupo resultaría incontrastable, “porque se hallaría en posesión de los poderes más formidables, cuales son la idea y la palabra”.

Para este propósito, Anacleto se dirigió principalmente a la juventud, a la que por once años consagró lo mejor de sus energías. La amplia y arbolada plaza contigua al Santuario de Guadalupe, en Guadalajara, fue su primer local, el lugar predilecto de sus tertulias.

Anacleto atrajo en torno a sí a lo mejor de la juventud de Guadalajara. A pocas manzanas del Santuario de Guadalupe de dicha ciudad, a que acabamos de referirnos, una señora ofreció hospedaje y alimentación tanto a él como a varios compañeros que estudiaban en la Universidad. Allí convocaron a numerosos jóvenes para cursos de formación. En cierta ocasión estaban estudiando los avatares de la Revolución Francesa, sus víctimas, sus verdugos, la Gironda, el Jacobinismo, etc., y como la que cuidaba la casa se llamaba Gerónima, y los vecinos la llamaban doña “Gero” o “Giro”, le pusieron a la sede el nombre de “La Gironda” y a sus ocupantes “los Girondinos”. Dicha casa tenía sólo tres habitaciones. Pero allí se fueron arrimando un buen grupo de jóvenes, unos cincuenta muchachos, atraídos por Cleto y sus compañeros de vida juglaresca.

Anacleto estaba convencido de la importancia de su labor intelectual en una época de tanta confusión doctrinal. Era preciso formar lo que él llamaba “la aristocracia del talento”. Para ello nada mejor que poner a aquellos jóvenes en contacto con los pensadores de relieve, los grandes literatos, los historiadores veraces.

Era ésta su obra predilecta, su centro de operaciones y el albergue de sus amistades más entrañables y de sus colaboradores más decididos. A esos muchachos los consideraba como una ampliación de su familia. En el oratorio de aquella casa contrajo matrimonio, y su primer hijo pasó a ser un puntual concurrente a las reuniones dominicales.

“Anacleto era el maestro por antonomasia entre nosotros”, testimonia el P. Heriberto Navarrete, SJ: “Estaba siempre a punto para dar un consejo, esclarecer una idea o forjar un plan, ya de estudio, ya de acción. El espíritu infundido por él hizo de nuestro grupo local una verdadera fragua de luchadores cristianos... Nos enseñó a orar, a estudiar, a luchar en la vida práctica y también a divertirnos. Porque él sabía hacer todo eso. Lo mismo se le encontraba jugando una partida de billar, que de damas, tañendo la guitarra o sosteniendo animados corrillos, con su inacabable repertorio de anécdotas. Así fuimos aprendiendo poco a poco que la vida del hombre sobre la tierra es una lucha, que es guerra encarnizada y que los que mejor la viven son los más aguerridos, los que se vencen a sí mismos y luego se lanzan contra el ejército del mal para vencer cuando mueren, y dejan a sus hijos la herencia inestimable de un ejemplo heroico”.

Cuentan los que lo trataron que tenía un modo muy suyo de enseñar la verdad y corregir el error. Jamás contradecía una opinión sin ser requerido, pero entonces era contundente. Para corregir los vicios de conducta, nunca llamaba la atención del culpable en forma directa; cuando creía llegada la oportunidad, se refería a un personaje imaginario, de ficción, afeado por los defectos que trataba de enmendar, presentándolo como insensato, como víctima de sus propios actos. Nunca le falló este método de corrección. En cuanto a su modo de ser y de tratar, nos formaríamos de él una representación incompleta si creyéramos que nunca abandonó la rigidez del gesto épico. Según nos lo acaba de describir Navarrete, era una persona de temperamento ocurrente, afectuoso y jovial. Su casa de la Gironda se hizo legendaria como centro de sana y bulliciosa alegría, de vida cristiana y bohemia a la vez.

Creó Anacleto varios círculos de estudio: el grupo “León XIII”, de Sociología; el “Agustín de la Rosa”, de Apologética; el “Aguilar y Marocho”, de Periodismo; el “Mallinckrodt “, de Educación; el “Balmes”, de Literatura; el “Donoso Cortés”, de Filosofía... Por eso, cuando se fundó en México la ACJM, el material ya estaba dispuesto en Guadalajara. Bastó reunir en una sola organización los distintos círculos existentes, unos ocho o diez, perfectamente organizados. Especial valor le atribuía al círculo de Oratoria y Periodismo, ya que, a su juicio, el puro acopio de conocimientos, si no iba unido a la capacidad de difundirlos de manera adecuada, se clausuraba en sí mismo y perdía eficacia social. De la Gironda salieron numerosos difusores de la palabra, oral o escrita.

Destaquemos la importancia que Anacleto le dio al aspecto estético en la formación de los jóvenes. No en vano la belleza es el esplendor de la verdad. “El bello arte”, dejó escrito, “es un poder añadido a otro poder, es una fuerza añadida a otra fuerza, es el poder y la fuerza de la verdad unidos al poder y la fuerza de la belleza; es, por último, la verdad cristalizada en el prisma polícromo y encantador de la belleza”. Y así exhortaba a los suyos que pusiesen al servicio de Dios y de la Patria no sólo el talento sino también la belleza para edificar la civilización cristiana. Sólo de ese modo la verdad se volvería irradiación de energía. [...]

En medio de la borrasca política y religiosa, Anacleto soñaba con “alzar un muro de conciencias fuertes, de voluntades recias, de caracteres que sepan derrotar a la violencia bruta, no con el filo de la espada, sino con el peso irresistible y avasallador de una conciencia que rehúye las capitulaciones y espera a pie firme todas las pruebas”.

Y a la verdad que dio ejemplo de ello, convencido de que el carácter es la base primordial de la personalidad. Como dice un compañero suyo, se había forjado una voluntad tenaz e inconmovible, exenta de volubilidad y extraña al desaliento, superior e indiferente a los obstáculos y a la magnitud de los sacrificios requeridos. La cultivó directa y deliberadamente, imponiéndose una disciplina rigurosa en lo cotidiano y pequeño, para contar consigo mismo en los grandes esfuerzos y en las contingencias imprevistas. Elaborado un propósito, no descansaba hasta verlo realizado. La continuidad fue la característica de su acción en todos los órdenes. Fecundo en iniciativas, no abandonaba jamás la tarea comenzada, sino que la proseguía hasta el fin. [...]

Así fue Anacleto, el gran caudillo del catolicismo mexicano. Sus actividades pronto se tradujeron en una intensificación de la presencia de los católicos, principalmente en el Estado de Jalisco. Se abandonaba ya, en todos los ambientes, la apatía y dejadez que durante tanto tiempo habían reinado. Era evidente que se estaban gestando los hombres del futuro político, cultural y religioso de México.

Fuentes: Sáenz, Alfredo SJ, “Anacleto González Flores y la epopeya cristera”, en Arquetipos cristianos, Edit. Gratis Date, Pamplona, 2005, págs. 184-200 • Meyer, Jean (comp.), Anacleto González Flores. El hombre que quiso ser el Gandhi mexicano, CDMX, Coed. Gobierno del Estado de Jalisco, Fund. Emmanuel Mounier, Imdosoc, 2004, pp. 84.