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Rogelio Vázquez Carmona, Responsable Diocesano de la Dimensión de Música Litúrgica

En el número anterior, mencionábamos que la Liturgia es “un tesoro viviente que no puede reducirse a gustos y recetas corrientes” (Papa Francisco), por tanto ¿cuáles son los criterios por los que nos debemos normar los músicos de Iglesia para estar siempre acordes con lo que el Magisterio nos pide en este importante y delicado ministerio?

Ante todo, debemos recordar que este servicio a la Iglesia debe ser desarrollado de una manera lo más cualificada posible; por tanto, debemos conocer lo que la misma Iglesia nos ha indicado a través de sus documentos magisteriales, principalmente lo que se refiere a la Sacrosanctum Concilium (SC), ya que en su contenido nos indica claramente lo que debemos observar para realizar nuestra labor ministerial. El capítulo VI de la SC nos norma lo que la Iglesia ha deseado y sigue deseando del ministro del Canto y de la Música Litúrgica. En sus apartados del 112 al 121, nos detalla cada uno de los aspectos a ser tomados en cuenta para que la música, al ser ejecutada dentro de las iglesias, en las celebraciones sacramentales, verdaderamente tenga las debidas cualidades de santidad y belleza de formas, por lo que sea reconocida de manera universal como auténticamente litúrgica y apta para los misterios que se celebran cotidianamente en nuestros templos. Cuando las piezas musicales distan de este supremo modelo, en donde la Palabra sagrada se manifiesta revestida de formas y estilos mundanos, “desacralizamos su sentido primario” (Cardenal. R. Sarah) y evita que los corazones de los fieles “eleven su voces en suave fragancia de oración a los oídos del Padre”. (S. Agustín).

Es por ello que ser fieles a lo que la Iglesia nos marca, aunque a nosotros no nos guste, o nos cueste más dificultad; se convierte en un “estar unidos a la Iglesia Universal”, cuyo Magisterio nos guía para que verdaderamente realicemos el ministerio que se nos ha encomendado: cantar “la gloria de Dios y buscar la santificación de los fieles” (S.C.112); y por ello seleccionar de mejor manera las piezas a ser ejecutadas en nuestros sacramentos, principalmente en la Eucaristía “ cumbre y fuente de la vida eclesial” (S.C., cap. I no. 10).