El Papa canoniza a Pablo VI y a Mons. Romero

santos +ALBERTO CARDENAL SUÁREZ INDA - ARZOBISPO EMÉRITO DE MORELIA 

El pasado domingo 14 de octubre, tuve la alegría de participar en la solemne ceremonia de canonización en la Plaza de San Pedro en el Vaticano, en la cual el Papa Francisco declaró siete nuevos santos. Entre ellos destacan el Papa Pablo VI y el obispo mártir Oscar Arnulfo Romero. Tuve el privilegio de conocer personalmente a ambos en la década de los años 60´s cuando era joven estudiante en Roma.

Juan Bautista Montini (1897-1978), quien era Arzobispo de Milán, fue elegido papa, después de la muerte de Juan XXIII, el 21 de junio de 1963. Le correspondió a él sacar adelante el Concilio Vaticano II, con grande tacto y sabiduría. Fue el primer obispo de Roma que realizó grandes viajes internacionales; visitó la Tierra Santa, participó en Nueva York en la Asamblea de la ONU, inauguró en Colombia la III Asamblea de los Obispos de América Latina, fue a las Islas Filipinas (Manila) y estuvo en Fátima en Portugal.

Defensor del derecho a la vida humana escribió una encíclica profética en medio de fuertes polémicas, sufrió ante la “desbanda” de quienes pretendían reformas radicales y quienes se oponían a todo cambio en la Iglesia. Nos dejó como herencia escritos con orientaciones y normas que vale la pena recuperar, releer y meditar. Supo conducir la Barca de Pedro en medio de fuertes vientos y tempestades.

Oscar Arnulfo Romero nació en un pueblo de la República del Salvador en 1917; hijo de familia humilde y numerosa. Siendo joven seminarista fue enviado a estudiar a Roma en donde permaneció seis años antes de poder concluir sus estudios por motivos de la 2ª Guerra Mundial. Tuvo múltiples encargos en su diócesis de origen y fue nombrado obispo en 1970 y posteriormente en 1977 Arzobispo de San Salvador. Mientras celebraba la misa con los enfermos del hospital, fue acribillado en un barrio de su diócesis en 1980. Su único delito fue denunciar los atropellos de un régimen represor.

En la Iglesia Católica son reconocidos como santos aquellos hombres y mujeres que fueron dóciles a la gracia y practicaron las virtudes en grado heroico luchando a diario con su fragilidad y limitaciones humanas. Para nosotros sólo Dios es perfecto, el Único digno de ser adorado, pero es tan grande su obra de salvación que puede transformar los corazones humanos, hacerlos limpios y generosos a imagen y semejanza de Jesucristo su Hijo. El reconocimiento dado a los santos en nada opaca sino hace brillar más la gloria de Dios.

Los procesos de canonización son rigurosos, verifican a base de testimonios serios que en su vida han sido verdaderos discípulos de Jesús Maestro, dignos de ser propuestos como modelos de vida para el pueblo cristiano. En un momento dado se comprueba su poder de intercesión a través de algún hecho extraordinario que se puede calificar como milagro. O bien, en el caso de un mártir, comprobar que se le arrebató la vida por odio o rechazo a las exigencias de la fe.

Desde hoy podemos contar con nuevos intercesores y ejemplos de vida contemporáneos en medio de tanta confusión, ante el riesgo de dejarnos llevar por el ambiente adverso, de contentarnos con una vida mediocre, cuando deberíamos más bien luchar y perseverar en la búsqueda de un ideal en la realización de un proyecto de vida inspirado en el Evangelio.