La Mística de Conchita Armida

Conchita Cabrera

Fernando Sifuentes

El pasado 8 de junio, el Papa Francisco allanó el camino a los altares de una mujer admirable, la cual, dadas las características y gran actualidad de su mensaje, así como la envergadura de su obra, está también llamada a obtener pronto, por parte de los fieles, el reconocimiento y la admiración que acredita en sus diversas facetas.

Ante todo, hay que decir que Dios puso en el alma de esta mujer un gran celo por la salvación de las almas, mismo que la llevó a encontrar los cauces adecuados de realización, de acuerdo a su condición de esposa, madre de familia, viuda… Pero siempre comprometida con su fe cristiana y devorada interiormente por un gran celo apostólico.

A finales de los años setenta, el padre Michel Phillipon, teólogo, ensayista, y uno de sus biógrafos más autorizados, se mostraba gratamente sorprendido por los altos vuelos místicos de Conchita, después de examinar con minusiosidad sus diarios, cartas, oraciones y demás composiciones literarias, contenidos en los numerosos legajos que obraban ya en poder de la Congregación para la Causa de los Santos, en Roma. Cabe aclarar que su Causa había sido introducida a poco de su fallecimiento, acaecido en 1937, y que la lentitud de sus avances se debió en gran medida a la cuantiosidad de sus escritos, los cuales, naturalmente, había que examinar desde el punto de vista de la ortodoxia doctrinal de los mismos.

El citado P. Phillipon se encargaría luego de elaborar el corpus literario que, a la postre, desde diversos ángulos, ha sido parangonado, con el de otros muy respetados escritores místicos de la Iglesia Católica, como Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Ávila… y el mismísimo Santo Tomás de Aquino. Esto no sólo a cuenta de la copiosidad de su obra, en la que se contempla la friolera de 66 volúmenes de manuscritos, sino también al estilo original y al calado teológico de los mismos.

El aporte y la singularidad de su obra

Los místicos son aquellos, hombres o mujeres, que han buscado a Dios y desarrollado un grado de devoción eminente, lo que les ha permitido entrar en contacto, vamos a decirlo así, directo con la esfera de misterio que les atrajo. Su conocimiento de Dios deriva entonces de su experiencia personal y de lo que Dios mismo les manifiesta a sus potenciales cognoscitivos y expresivos.

Subrayo lo de “expresivos”, pues aquí interviene su capacidad de comunicar su experiencia por vía oral o escrita, o de las dos formas. Me parece que este concepto vale lo mismo para los profetas del Antiguo Testamento tanto como para los del Nuevo, o yéndonos más acá, para los grandes escritores místicos en la tradición milenaria de la Iglesia, desde San Jerónimo y San Agustín de Hipona, hasta Santa Faustina Kowalska, el mismo Juan Pablo II, y otros referentes que omito por falta de espacio, pero que resultan plenamente ubicables en el ámbito contemporáneo.

Vivir intensamente la vida de Jesús en el alma resumiría en una sola línea lo anteriormente expresado en cuanto a un común denominador de la alta mística. De allí en fuera, lo que sigue son las diversas matizaciones que se van adquiriendo respecto a sus peculiaridades, circunstancias de época y biografías personales. Esto, aunado a la voluntad reveladora del Santo Espíritu de Dios y la economía de sus gracias, es lo que determina, creo yo, el estilo y el aporte personales de cada místico.

Tales consideraciones previas nos llevan a un par de preguntas esenciales respecto del legado de Conchita, más allá de las Obras de la Cruz, de las cuales habría que ocuparse en otra ocasión. La primera cuestión es: ¿Qué rasgos peculiares hacen de ella una mística de nuestro tiempo? La segunda es: ¿En cuál de esos rasgos radica su más original aportación al enriquecimiento espiritual de la vida de la Iglesia?

Preguntas no fáciles de responder tratándose de la versatilidad de Conchita, cuyo mensaje se dirige –como han observado sus estudiosos– a todas las categorías del pueblo de Dios: laicos, religiosos, sacerdotes y obispos. También por tratarse, como expresa el P. Phillipon, de un caso único en la historia del siglo XX, “un alma bellísima y fascinante, misteriosa y cercana a las almas comunes”.

Los temas predilectos de esta escritora son: la vida de familia, la búsqueda de la felicidad y las dificultades de serlo en esta vida, la necesidad de dotar de un sentido sobrenatural a nuestras luchas y la relación inmediata que se establece entre el amor y el dolor. De allí el mensaje de la Cruz que ilumina y purifica el destino de los hombres.

Su mensaje: un llamado a vivir la Cruz de Cristo

El profundo amor a la Eucaristía como momento unitivo es para esta mística un sistema de sumisión y de comunicación, indispensables en el seguimiento de Cristo.

Por eso, la misión de esta mujer admirable se puede resumir en una especie de didáctica de la vivencia de la vida de Cristo en todas sus manifestaciones. Requisito éste ineludible para ser profeta, sacerdote y víctima. De suerte que todas sus baterías de escritora y mujer de acción se encaminan a llevarnos a descubrir el hondo sentido del sacrificio y la inmolación en la Cruz de Cristo, a fin de hacer nuestras las riquezas que contiene.

Tal mensaje contrasta naturalmente, en medio de las condiciones que se viven en la actualidad; sin embargo, es clarísimo: la redención es obra del amor en el sacrificio y la entrega a la voluntad del Padre.

O, como ella misma observa: “El hombre unido a Jesucristo tiene valor sobrenatural en su alma y produce frutos de vida eterna”.

Dejo al lector con tres joyas de florilegio, tomadas de su Cuenta de conciencia:

“Creen las almas muy lejos al Espíritu Santo, muy elevado y por encima, y es sin embargo la Persona divina más asistente con la creatura. La sigue a todas partes, la impregna de sí mismo, la llama por su nombre, la cuida, la cobija, la hace su templo vivo, la defiende, la ayuda, la ampara del enemigo, y más cerca está que ellos mismos. Todo lo bueno que el alma ejecuta es por su inspiración, por su luz, por su gracia, por su auxilio…”.

“Ya que te di una ligera idea de esa verdad eterna que soy yo, vengo a ti con todas mis riquezas y con mi luz a iluminar tus potencias, divinizándolas. Ven a beber de la fuente purísima de la Verdad sin error. Ella iluminará tu mente y te hará distinguir el oro del oropel”.

“Nadie es digno de Mí, pero el amor acorta las distancias”.