Escucha el canto del otoño, Mac, y disponte a luchar

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Apreciado amigo Mac:

Pues sí, amigo mío, ha llegado el otoño y, con él, la melancolía propia de la estación que nos invita a meditar sobre la fugacidad de la vida. Para unos es el tiempo que invita a la tristeza; para otros es un tiempo en que la naturaleza nos presenta imágenes muy bellas, la hermosura de un cielo azul que nos regala mañanas incomparables. Para otros más, los mediodías dorados con un sol quemante y una sombra que nos hiela; se suceden los atardeceres suaves, iluminados por un sol dorado que llega al ocaso, que mueve a pensar en la fragilidad de la vida, y me recuerdan una frase que hace tiempo leí: “¿Has visto cómo en el otoño caen lentamente las hojas de los árboles dejándolos desnudos? Piensa que algún día la hoja del árbol caído serás tú”.

Y ahora, con la recordación de los Fieles Difuntos, se impone una reflexión seria y profunda sobre el tránsito de esta vida a la futura. La sociedad actual ve con miedo y tristeza este paso trascendental en la vida de todo ser humano. El tema se elude llegando casi a ser tabú, a pesar de que cotidianamente observamos que hay bastantes decesos. Pensamos que el nuestro está muy lejano, pero, por lejos que se presente, es un suceso que no podemos eludir. Ya el poeta Amado Nervo lo escribía así: “Lloras a tus muertos con un desconsuelo tal, que no parece sino que tú eres eterno. No es que hayan muerto; se fueron antes. Déjalos siquiera que restañen en el regazo del Padre las heridas de sus pies andariegos, que apacienten sus ojos en los verdes prados de la paz. El tren aguarda. ¿Por qué no preparar tu equipaje? Ésta sería más práctica y eficaz tarea”.

Hagamos un poco de silencio en nuestro interior, escuchemos la canción del otoño y, sin abandonar nuestras responsabilidades, con el coraje propio de quien sabe que en esta vida casi todo es efímero, por muchos años que vivamos, dispongámonos a luchar por mejorar nuestro entorno, desde nuestra trinchera, sin desmayos, dejando el triunfo al Señor. Él sabrá premiar nuestros esfuerzos en el momento definitivo. Vayamos de vez en cuando al cementerio, caminemos por sus andadores, leyendo los epitafios, constatando la fragilidad de la vida y aprendiendo a aprovecharla. Recemos una oración por las personas que han sido sepultadas ahí, y recordemos aquel verso de Jorge Manrique: “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte... tan callando”...

Y mientras nuestra hora llega, todas las mañanas al despertar digamos con alegría: “¡Señor, buenos días! Gracias por este trocito de vida que me ofreces, para convertirlo en un paso seguro hacia la eternidad”. Digamos nuestras oraciones matutinas, ¡y a trabajar con ahínco! Recibe, amigo querido, un buen abrazo y mis mejores deseos. Mac.