Examínalo todo y quédate con lo bueno, Mac

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Saludos alegres y afectuosos, querido Mac:

Jugando con el control de la TV, di con un canal que ofrecía una película de Cantinflas: “El Padrecito”. Hemos sido testigos de la metamorfosis que se fue dando en sus filmes, desde aquel peladito con su “gabardina”, hasta meterse en personajes muy diversos que hicieron las delicias de los cinéfilos. Hubo dos cosas que me permitieron recordar con ternura los lejanos años de mi vida. Uno, un coro infantil que entonó con singular belleza aquel estribillo que cantábamos al ir a la “doctrina” todos los sábados en la Catedral. No olvidemos que Morelia en aquellos tiempos cabía en “un pañuelo”, la habitábamos sólo 40 mil almas: “Oh María, Madre mía, oh consuelo del mortal, amparadme y llevadme a la patria celestial”. El coro infantil la entonó en forma tan hermosa, que hizo vibrar en mi alma sentimientos muy profundos de ternura, que me permitieron recordar vivencias muy soterradas en el alma y sentir la felicidad que en su momento experimenté y al evocar los recuerdos volví a vivir. La otra escena fue la del toque de las campanas en la torre de la iglesia. Fue una sinfonía de sonidos que me recordaron los diversos tonos de los viejos bronces de la Catedral que invitaban a la oración vespertina y, por la noche, al descanso de las fatigas del diario trabajo.

Las campanas parece que han enmudecido opacadas por los ruidos de las máquinas, los autos con sus motores emitiendo chorros de erres que impiden oír los bronces que antaño invitaban a la reflexión y la paz tranquila de las almas. No sólo hemos perdido el hermoso sonido de las campanas, ahora ya no podemos ver las estrellas por la noche, perdidas por los millares de focos que iluminan las calles de una ciudad millonaria de habitantes. Entiendo que las nuevas generaciones ahora tienen otros medios de encontrar diversos fenómenos que hacen parecer como antiguallas aquellas formas ingenuas que se vivían antaño, pero que permitían una placidez y un disfrutar de la vida tan radicalmente diferentes de los actuales.

Los descubrimientos de la actual tecnología han borrado nuestras costumbres, y ese mundo mágico de la electrónica ha puesto en nuestras manos nuevos instrumentos para adaptarnos a los actuales tiempos, formas de vivir, que aún no sabemos cómo van a afectar a las nuevas generaciones. Tomemos sólo dos ejemplos que nos están poniendo hoy de cabeza. El teléfono celular y el ubicuo aparato de TV que ya casi se encuentra en cada habitación familiar. A eso añade nuestra adicción a las noticias, que llegan a nuestras vidas casi en el momento en que suceden sin importar la lejanía y que, aunque no lo queramos, nos afectan en alguna forma. Ahora que hay cursos para todo, habría que implementar algunos que nos enseñaran a discriminar el “grano de la paja”, para no llenar nuestro cerebro de información inútil, de basura electrónica que desperdicia neuronas en cosas que no valen la pena.

Estamos, pues, ante nuevas formas de vida que nos piden una adaptación meditada, para no caer en baches que más tarde nos podrían afectar negativamente la existencia. Es preciso ir con calma para que el alud de información y de conocimientos no nos sepulten en la indiferencia o el exceso de información. Te invito a pensar detenidamente en este fenómeno de hoy y te envío como siempre mis mejores deseos: Mac.