Dios nos dé fuerzas, siquiera para arrepentirnos, Mac

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Amigo de todo mi afecto:

Estoy en la segunda relectura de ese increíble libro de José Antonio Pagola, en el que, con el título de “El camino de Jesús”, el autor estudia acuciosamente el Evangelio de Lucas y lo hace en una forma magistral. Al terminar de leerlo te queda una gran inquietud, porque el autor, a través de sus bien fundados análisis, casi te obliga a tomar la determinación de tomar uno de dos caminos: o te decides a dejar de ser sólo un adepto de Cristo que cumples lo más indispensable para presumir que eres seguidor del Maestro, o te sumerges totalmente en su doctrina de amor que vino a proponer hace casi dos mil años y que no hemos podido lograr aplicar, para mejorar este mundo que cada vez se complica más por nuestro egoísmo e inhumanidad.

Hay unos párrafos en sus capítulos que son para meditar profundamente y obligarnos a eliminar la careta de “practicones” que sólo asisten a la Misa dominical, casi a la fuerza, arrojan unas monedas en la bolsa que circula en derredor de los “fieles” y se piensa que con eso ya hemos cumplido aquello para lo que Jesús vino a este mundo: “He venido a traer fuego a este mundo y sólo quiero que arda”. ¿Somos portadores de ese fuego y lo hemos comunicado y distribuido en todos los ámbitos donde nos movemos? Ese fuego que Cristo trajo al mundo está convertido hoy en un rescoldo casi apagado por nuestro desdén y nuestra falta de compromiso.

Te comparto algunos párrafos que este autor derrama en su espléndido libro: “No es necesario un análisis profundo para descubrir las actitudes de autodefensa, recelo y evasión que adoptamos ante las personas que pueden turbar nuestra tranquilidad. Cuántos rodeos para evitar a quienes nos resultan molestos o incómodos. Cómo apresuramos el paso para no dejarnos alcanzar por quienes nos agobian con sus problemas, penas y sinsabores”.

“Se diría que vivimos en actitud de guardia permanente ante quien puede amenazar nuestra felicidad. Y cuando no encontramos otra manera mejor de justificar nuestra huida ante personas que nos necesitan, siempre podemos recurrir al hecho de que estamos muy ocupados”.

Si seguimos así, pronto nos encontraremos en una selva de asfalto, donde cada cual “se rasca con sus uñas” y el resultado será una terrible lucha por la sobrevivencia, en la que la bondad y la comprensión serán desterradas y la vileza y la crueldad se apoderen de todos y la convivencia se convierta en una lucha fratricida que quizá nos lleve a una hecatombe difícil de pronosticar. Eso sería no sólo lamentable, sino terrible.

Ya lo dijo Giovanni Papini en su hermosa Historia de Cristo: “Como cristianos, estamos obligados a dar el máximo; si no, no tendremos fuerza ni siquiera para despreciarnos”. Terrible frase que debería sacudirnos fuertemente para dejar de ser cristianillos de pacotilla, jerarcas de utilería a quienes el Papa Francisco, en su visita a Morelia, reconvino fuertemente por su inactividad y falta de compromiso con el pueblo de Dios. ¿Has visto algún cambio después de esta grave reconvención del Papa? Dejemos la respuesta a los fieles.

Con afecto te envío mis mejores deseos. Te mando un fuerte abrazo con la esperanza de que en nuestra Iglesia haya cambios que le den el brillo que ha disminuido desde hace tiempo. Mac.