17 1Padre Pegueros: “¿Qué sucede en la Confirmación?... ¿Qué nos dice la Sagrada Escritura sobre este sacramento de la Confirmación?... ¿Cuál es su origen?... Dios lo bendiga…”

Familia Soto-Quiroga (Cuitzeo, Mich.).

Los sacramentos de la Iniciación Cristiana que nos señaló el Vaticano II son: el Bautismo, la Eucaristía y la Confirmación. El sacramento de la Confirmación recibe este nombre porque el bautizado es confirmado en la fe y porque recibe la plenitud del Espíritu Santo. Además, la gracia especial del Espíritu Santo que se recibe ese día convierte a los creyentes en defensores y apóstoles de la fe, con la fuerza necesaria para ser testigos del amor y del poder de Dios.

Ya en el Antiguo Testamento el pueblo hebreo esperaba que el Espíritu Santo se derramaría sobre el Mesías. Jesús llevó una vida en un espíritu especial de amor y en total unión con su Padre del Cielo. Este espíritu de Jesús era el “Espíritu Santo” que anhelaba el pueblo de Israel; y era el mismo Espíritu que Jesús prometió a sus discípulos, el mismo Espíritu que descendió sobre la primitiva Iglesia cincuenta días después de la Resurrección, en la fiesta de Pentecostés. Y nuevamente es el mismo Espíritu Santo de Jesús quien desciende sobre aquellos que reciben el Sacramento de la Confirmación.

Ya en los Hechos de los Apóstoles (8,14-16), que se escribieron pocos decenios después de la muerte de Jesús, vemos a Pedro y a Juan en “viaje de Confirmación”; los dos Apóstoles imponen las manos a los nuevos cristianos de Samaría –a los cuales el diácono Felipe sólo había bautizado en el nombre del Señor Jesús– para que recibieran la plenitud de vida en el Espíritu Santo.

Lo que hicieron los Apóstoles es claro que es algo distinto y al mismo tiempo algo que complementa al Bautismo, en el que ya habían recibido al Espíritu Santo. Por la oración y la imposición de las manos de Pedro y Juan, los samaritanos se vieron enriquecidos con una efusión especial del Espíritu Santo.

Otro episodio, narrado también por los Hechos de los Apóstoles (19,1-7), nos presenta a San Pablo, quien al llegar a Éfeso encuentra unas doce personas “bautizadas”. Pablo les nota algo raro y les pregunta si habían “recibido al Espíritu Santo”. La respuesta es sorprendente: “Ni siquiera hemos oído que haya Espíritu Santo” En efecto, no habían recibido más que el bautismo de Juan Bautista. Entonces Pablo se puso a evangelizarlos. Ellos “se bautizaron en el nombre del Señor Jesús. Cuando Pablo les impuso las manos descendió sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas extrañas y a profetizar”.

Vemos aquí también con claridad dos ritos distintos: el Bautismo en el nombre de Cristo y la Confirmación con la imposición de las manos de Pablo. Es interesante la transformación que los hace apóstoles y profetas, colaboradores de la extensión del Reino de Dios.

A los bautizados y confirmados, Pablo nos exhorta: “No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, que los marcó con su sello para distinguirlos el día de la liberación” (Ef 4,30).