manos atadasPadre Pegueros: “¿En qué consiste el infierno?... ¿Cómo puede haber una condena eterna si Dios es todo amor y misericordia?... Lo saludamos en el Señor Jesús…

José Calderón Ortega (Zitácuaro, Mich.).

Por el hecho de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, que es Amor, el hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega de sí mismo a Dios y a los demás hombres sus hermanos. Si el ser humano no se va construyendo libremente como donación, se destruye a sí mismo, encerrándose en la soledad y la frustración. Entonces se construirá como un absurdo, como un ser al revés, que lo llevaría a la pérdida del encuentro con Dios Amor en el más allá. Pero Dios quiere que todos se salven (Jn 3,16-17).

La vida humana es un ensayo continuo a vivir en el amor, es preparación e iniciación de una vida definitiva. En todo momento de la vida, el ser humano puede (con la ayuda divina, que no se le niega a nadie) reorientarse hacia el amor. Todo ser humano es recuperable aunque sea en el último momento. Pero morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno.

Esta realidad viene anunciada en el Antiguo Testamento, en forma todavía no muy clara. Jesucristo habla en el Evangelio 15 veces del infierno. Y en total en el Nuevo Testamento encontramos 23 veces, denominándolo como fuego que no se extingue.

Una interpretación correcta de estas imágenes expresan el completo vacío de una vida sin Dios. “El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría”, afirma San Juan Pablo II.

Por eso la “condenación” no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso Él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La “condenación” consiste en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por la elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios confirma ese estado.

Se dice que ya no se predica sobre el infierno. Nuestra madre, la Iglesia, no quiere que nadie entre en pánico y viva angustiado. La posibilidad de condenación ha de estar siempre en la mente de todo cristiano “como una llamada a la responsabilidad”. Nadie, ni siquiera Dios, puede obligarnos a amar, a tomar la mano bondadosa y salvadora de Cristo.

Con la ayuda de la gracia, y usando bien nuestra libertad, cada uno ha de trabajar por vivir en el Amor, día con día, para avanzar hacia el encuentro con Cristo “que subió a los cielos para prepararnos un lugar”.

Y recemos también para que todos se salven.