157831202 P. Pegueros: “¿Qué es la Esperanza cristiana?... ¿Qué significa que estamos en las manos del Señor?... ¿Cómo mantener la esperanza en estos tiempos tan difíciles?... Lo saludamos en el Señor Jesús Resucitado…”

Familia Alvarado-Robles (Morelia).

En el día de nuestro Bautismo recibimos un triple regalo de Dios nuestro Padre: por Cristo su Hijo y por su Espíritu Santo nos infunde la Fe, la Esperanza y la Caridad. A las tres, la Iglesia las llama virtudes teologales porque vienen de Dios, y virtudes infusas porque se nos infunden, no son obra de nuestro esfuerzo humano.

La Esperanza –más desconocida por la mayoría de los cristianos que la Fe y la Caridad– “es la virtud por la que anhelamos, con fortaleza y constancia, aquello para lo que estamos en la tierra: para alabar y servir a Dios; aquello en lo que consiste nuestra verdadera felicidad: encontrar en Dios nuestra plenitud; y en donde está nuestra morada definitiva: Dios” (Catecismo Joven de la Iglesia Católica, 308).

Escribe San Agustín († 430): “Esperar quiere decir creer en la aventura del amor, tener confianza en las personas, dar el salto a lo incierto y abandonarse totalmente en Dios”.

Nuestros Padres en la fe, el pueblo de Israel, había aprendido bien lo que Yahvé les había revelado por Jeremías: “Maldito aquel que aparta de mí su corazón, que pone su confianza en los hombres y en ellos busca apoyo. Pero bendito el hombre que confía en Mí, que pone en Mí su esperanza” (17, 5.7).

Los primeros cristianos muy pronto aprendieron lo que significa que todos estamos en las manos benditas de Dios nuestro Padre, que no podíamos estar en mejores manos, sobre todo cuando comenzaron a llegar las persecuciones, como la muerte de San Esteban. A ejemplo de Cristo, que en el Huerto de los Olivos le pide al Padre que si es posible lo libre de padecer tanto por nosotros, pero que se haga siempre su voluntad, así los cristianos hemos de abandonarnos en las manos del Padre, especialmente en los momentos difíciles, que no faltan a nadie.

La esperanza cristiana se apoya en nuestra confianza que tenemos en que Dios poderoso es siempre fiel a sus promesas. “Mantengámonos firmes, sin dudar, en la esperanza de la fe que profesamos, porque Dios cumplirá la promesa que nos ha hecho” (Hb 10,23). Por Cristo Salvador y por el Espíritu Santo, nos sabemos “herederos, en esperanza, de la vida eterna” (Tit 3,7). Por eso “Cristo es nuestra esperanza” (1Tim 1,1).

El Papa Benedicto en su encíclica “Salvados por la esperanza”, nos propone tres “lugares” para el aprendizaje de la Esperanza cristiana: la oración, pidiendo a Dios renueve nuestra esperanza; en el dolor, aceptando su santa voluntad y poniendo nuestra vida en sus manos amorosas de Padre; finalmente, teniendo presente el Juicio Final, lo que nos ayudará a ordenar nuestra vida presente de cara al futuro, a la eternidad.

En conclusión, el hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza. Sólo Dios puede colmar totalmente todos nuestros anhelos y esperanzas, y quiere hacerlo