ploPadre Pegueros: “¿Qué fue el diálogo para Pablo VI?... ¿Cómo propone este Santo Papa que deba ser el diálogo de la Iglesia de hoy?... ¿Con quién hay que dialogar?... gracias…”

José María Arias Pineda (La Piedad, Mich.).

Para conocer a un Papa, es muy interesante repasar su primera encíclica: en ella el nuevo Papa da a conocer los puntos más importantes a los que piensa dedicar su servicio y su tiempo. Es el caso de la Ecclesiam suam (Su Iglesia) de San Pablo VI, que se dio a conocer el 6 de agosto de 1964.

Elegido mientras se desarrollaba el Vaticano II, el Papa se mostró delicadamente respetuoso con el trabajo de los Padre Conciliares. Pero quiso abrir su corazón a los Obispos y a los files, señalando lo que pensaba, deseoso de que la “la Iglesia y la sociedad se encuentren, se conozcan y se amen”.

Al deber de evangelizar, al mandato misionero recibido de Cristo, San Pablo VI le da el nombre de diálogo: “la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio”. Dios le habla al hombre por la revelación “en una formidable propuesta de amor” y la Iglesia ha de llevar al mundo entero ese anuncio gozoso de salvación.

El Papa propone unos rasgos especiales, unas características que hacen del diálogo un verdadero arte de comunicación espiritual.

Ante todo, claridad: “El diálogo supone y exige que aquello que la Iglesia dice (y todos los bautizados somos Iglesia) sea comprendido; lo cual nos lleva a revisar nuestro lenguaje, para que los humildes y sencillos lo entiendan.

Lo segundo es la afabilidad, siguiendo a Cristo, que nos pidió: “Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. Por eso, dice Pablo VI: “El diálogo no es orgulloso, no es hiriente, no es ofensivo. Por la caridad que difunde, por el ejemplo que propone, no es un mandato ni una imposición. Es pacífico, evita modos violentos, es paciente, generoso”.

Otro rasgo esencial es la construcción de un clima de confianza: “Promueve la familiaridad y la amistad; entrelaza los espíritus por una mutua adhesión a un Bien único, que excluye todo fin egoísta”.

Finalmente, la prudencia al dialogar, “que tiene muy en cuenta las condiciones de la persona que escucha: si es un niño, si es una persona sencilla, si no está preparada, si es desconfiada, hostil; hay que esforzarse por conocerla y por adaptarse, modificando la propia presentación para no serle molesto e incomprensible”.

No hay ninguna excepción en cuanto a los destinatarios del diálogo del creyente, “porque nadie es extraño en su corazón. Nadie es indiferente a su ministerio. Nadie le es enemigo, a no ser que él mismo quiera serlo”.

Pero el Papa señala diversos círculos: primero, la humanidad entera, todos los humanos somos iguales; segundo, los que creen en Dios: los hebreos, los musulmanes y los de religiones afroasiáticas “para promover ideales comunes: libertad religiosa, derechos humanos, beneficencia”. Y en fin, los hermanos separados, “destacando lo que nos une, no lo que nos separa”.

San Pablo VI intentó verdaderamente dialogar con todos los hombres.