confesP. Pegueros: “¿Quién instituyó la Confesión?... ¿La Confesión no ha sido inventada por la Iglesia o por los sacerdotes?... ¿Puede un hombre pecador perdonar a otros pecadores?... Que Dios lo bendiga…”

Jorge García López (Zitácuaro, Mich.).

Jesús mismo instituyó el sacramento de la Penitencia cuando, al atardecer del domingo de la Resurrección, se apareció a sus Apóstoles y les dijo con mucha claridad: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, así Yo los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban al Espíritu Santo, a quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengan, les quedarán retenidos” (Jn 20,21-23).

En ningún pasaje de los Evangelios encontramos una explicación de Jesús tan hermosa de lo que sucede en el sacramento de la Confesión que en la parábola del Hijo Pródigo: nos salimos de la casa paterna, malgastamos todo y caemos a lo más profundo. Pero Dios Padre nos espera con su amor infinito; nos perdona una vez que volvemos confesando que hemos pecado; nos acepta de nuevo y nos da un banquete de bienvenida con el Cuerpo y la Sangre de su Hijo muy amado.

Jesús varias veces declara a muchas personas que sus pecados le son perdonados y considera que eso era más importante para Él que curar milagrosamente. Quería enseñarnos que la llegada del Reino de Dios consistía en liberar al hombre de sus pecados y de sus enfermedades. Los escribas y fariseos sabían claramente que sólo Dios puede perdonar los pecados, pero Jesús es verdadero Dios y hombre verdadero. Y cuando envía a sus Apóstoles al mundo entero, les otorga el poder del Espíritu Santo para que perdonen ellos también “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

La Iglesia siempre ha tenido viva conciencia de ese mandato de Cristo. El Papa Francisco insiste a todos los confesores que al ejercer este ministerio o servicio estamos representando a Dios Padre lleno de misericordia y de amor. Durante los primeros siglos era muy estricta en perdonar y sólo lo hacía por medio de confesiones públicas. Más tarde, al impulso de los monjes irlandeses que evangelizaron toda Europa, la Iglesia aceptó la práctica de la confesión en forma privada y personal, estableciendo que los penitentes hicieran examen de conciencia, expresaran su dolor de los pecados y su propósito de enmienda, que confesaran sus pecados y aceptaran una penitencia como reparación por su faltas cometidas.

La práctica de confesarse pasa hoy por una fuerte crisis. La cultura actual del mundo tiene muy disminuido el sentido tanto de Dios al que ofendemos como de lo que es pecado. Hay una condena general de la guerra, del racismo, del terrorismo, la tortura, la corrupción, la especulación y el hambre en el mundo. Estas cosas no se ven como una ofensa a Dios sino al hombre, al orden social.

El Sacerdote es humano y así reza cada día “Yo pecador”. Jesús le dio el poder de perdonar y lo ejerce en nombre de Dios Uno y Trino, no en nombre propio.