orando

Padre Pegueros: “¿Cómo debe ser nuestra oración?... ¿Qué actitudes hemos de tener cuando nos presentamos ante Dios para orar?... Que Dios lo bendiga…”

Octavio Fuentes Amaya (Morelia).

Los Discípulos veían rezar a Jesús, escuchaban las palabras con que se dirigía a su Padre y el tono de voz con que le hablaba. Percibían el amor, la ternura, la confianza, la cercanía, la sumisión filial con la que se dirigía a su Padre Celestial. Ellos observaban cómo se arrodillaba, su mirada y toda su actitud corporal. Cautivados por su forma tan original de rezar, un día le pidieron: “Maestro, enséñanos a orar” (Lc 11,1).

Y el Señor Jesús les enseñó la oración del “Padre Nuestro” que, siendo tan breve, contiene todo lo que debemos desear y pedir y, al mismo tiempo, el orden en que debemos hacerlo, pero sobre todo las actitudes y la carga afectiva con que debemos dirigirnos a Dios, convencidos de que en la oración, más importantes que las palabras, son las actitudes. De Jesucristo aprendemos estas actitudes.

1.- Actitud filial. Cristo ha venido a revelarnos que Dios es Padre amoroso y que además de ser criaturas suyas, todos los hombre somos sus hijos, a quienes ama mucho en su Hijo Único Jesucristo. Dios espera que nos acerquemos a Él como niños; para eso nos da su Espíritu Santo, que no hace exclamar con ternura: “¡Abbá!”, “Padre amado” (Ga 4,6).

2.- Orar con fe. Cuando rezamos, nuestra fe cristiana nos dice que estamos delante del Dios que nos mostró Jesús: un Dios “que es puro amor” (P. José Cárdenas), misericordioso (como no se cansa de llamarlo el Papa Francisco), todo bondad, ternura y compasión: “Es necesario contemplar continuamente la belleza del Padre e impregnar de ella nuestra alma” (San Gregorio de Nisa).

3.- Rezar con humildad. Desde los primeros momentos de la oración, hemos de reconocer que es un don de Dios el que nos admita en su presencia. Con sencillez, estar conscientes de nuestra pobreza y nuestra miseria, por lo cual ponemos en sus manos de Padre amoroso todas nuestras necesidades y las del mundo entero: “Un corazón contrito y humillado, Tú no lo desprecias, Señor” (Salmo 50).

4.- Orar acompañados. Los cristianos sabemos que cuando rezamos siempre estamos junto a Cristo y a nuestros hermanos. Jesús nos enseñó a decir “Padre Nuestro”. “El Señor nos enseña a orar en común con todos nuestros hermanos. Porque Él no dice Padre mío que estás en el Cielo, sino Padre nuestro, a fin de que nuestra oración sea de una sola alma para todo el Cuerpo de la Iglesia” (San Juan Crisóstomo). La Iglesia siempre termina sus peticiones con la fórmula tradicional: “por Jesucristo Nuestro Señor. Amén”, para indicar su seguridad de ser escuchada, pues el Padre siempre atiende a su Único Hijo Jesucristo.

5.- Rezar con María. No hay que olvidar las actitudes con que María, nuestra Madre amorosa, oraba. Ella es la orante perfecta, figura de la Iglesia. Podemos orar con Ella y a Ella. La oración de toda la Iglesia está sostenida por la oración de María Santísima