oracion

Padre Pegueros: “¿La oración puede hacerse un grito?... ¿No es una irreverencia que nuestra oración la convirtamos en verdadero grito a Dios nuestro Padre?... ¿Qué nos enseña la Sagrada Biblia?... bendíganos, Padre…”

Familia Jiménez – Orozco (Zinapécuaro, Mich.).

Los lugares de la Sagrada Escritura que nos hablan de la oración son muchos. Pero creo que ninguno de nosotros emplearía, para decir orar, una palabra que aparece muy seguido en el Antiguo Testamento (casi 750 veces): qará, cuyo significado básico es gritar, por ejemplo, en Jeremías 2,2: “El Señor me habló así: ¡Ve y grita a los oídos de Jerusalén…!”, pero que también se usa con todo lo relacionado con la voz: llamar, clamar, anunciar, proclamar y, por supuesto, orar e invocar el nombre del Señor.

El Padre don Alessandro Pronzato, que murió hace pocas semanas, sí se atrevió a escribirnos un libro sobre la oración y lo tituló: “Ganas de gritar” (Voglia di gridare). En los momentos de la mala interpretación del Vaticano II sobre la oración vocal, especialmente de quienes suprimieron el Rosario en sus parroquias porque ‘era mejor’ usar ese tiempo en trabajos del desarrollo de sus comunidades.

Pero, ¿es necesario gritar cuando oramos? La burla del profeta Elías a los profetas de Baal en el Monte Carmelo (“¡Griten más fuerte! Baal es dios, pero estará meditando, o tal vez ocupado, o estará de viaje. ¡A lo mejor está durmiendo y se despierta!” (1 Reyes 18,27) parece indicar que gritar no es modo correcto de dirigirnos al Dios vivo y verdadero. Sin embargo, Samuel “se pasó la noche gritando al Señor” intercediendo por Saúl. Y hoy seguimos rezando con los Salmos: “Escucha mi oración, que mi grito llegue hasta Ti”. “Señor, Dios mío, de día te pido auxilio, de noche grito en tu presencia”.

El grito más angustioso es el del Éxodo: “Los hijos de Israel gemían a causa de la esclavitud y clamaron a Dios…y Yahvé Dios escuchó sus gemidos” (Éx 2,23). En el límite del dolor, de la opresión, de la angustia, el hombre no tiene más que un grito, que puede presentarse a veces como un simple gemido, un latido sin fuerza para gritar. Pero seguimos clamando al Señor nuestro Dios, porque Él siempre escucha nuestras plegarias. Escuchaba al pueblo de la Antigua Alianza y más a su nuevo pueblo, la Iglesia, que todo lo pide: “por Jesucristo, tu Hijo que Contigo vive y reina, en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén”.

El grito de Jesús en la Cruz (Mc 15, 34-37) constituye un misterio, tanto por su forma (¡un grito grande!) como por su contenido: “Eloí. Eloí, lemá sabactaní?”, que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Todo parece suponer que Jesús se siente abandonado por su Padre, pero teniendo en cuenta todo el Evangelio de Jesús, que vino para darnos vida y vida abundante, con su muerte, proclama con este grito que el Padre y su Santo Espíritu lo acompañan.

Este año propongámonos ser más constantes en nuestra oración, sabiendo que Dios siempre nos escucha.