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P. Pegueros: “¿Qué es concreto el amor humano?... ¿El amor que Cristo nos pide tiene que ser universal?... ¿Cómo nos enseña Cristo este amor al prójimo?... Gracias…”

José Méndez Rojas (La Piedad, Mich.).

Lo que aprendimos desde niños en el Catecismo es muy claro: la caridad fraterna tiene que ir dirigida a todos los amados por Dios y el amor de Dios por cada hombre es enteramente igual. Pero el círculo de nuestras relaciones y buenas obras es limitado. Sin embargo, no podemos ser indiferentes ante el sufrimiento y las necesidades de las personas lejanas y desconocidas para nosotros. Mientras más universal sea nuestra caridad, se parecerá más al amor de Dios: fuimos creados a su imagen y semejanza.

El amor cristiano consigue superar las antipatías personales, de religión, de condición económica o de raza. Los sentimientos naturales de aversión y desagrado se basan en algo real. El prójimo puede ser falto de educación, rudo, testarudo, de aspecto poco agradable, con defectos corporales o enfermedades. Pero siempre hemos de pensar que si Cristo Nuestro Señor nos pide este amor a todos, Él mismo nos dará la fuerza del Espíritu Santo para cumplir lo que nos manda.

San Francisco de Asís, San Pedro Claver, San Vicente de Paúl y muchos otros santos que sintieron inclinación especial por enfermos repugnantes recibieron de Dios ese regalo. Pero todos tenemos que ser valientes y generosos para superar el disgusto que nos causan ciertas personas. Algunas de ellas son verdaderamente malvadas. Cristo, sin embargo, comía con los fariseos, los publicanos, hablaba con samaritanos, y lo explicaba con un bello ejemplo: “Así serán hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque Él hace brillar su sol sobre malos y buenos y envía su lluvia sobre justos y pecadores” (Mt 4,45).

No podemos, como hicieron los fariseos, preguntarle a Jesús “¿quién es mi prójimo?”. Recordemos que Él respondió con la parábola del Buen Samaritano, donde nos enseña que somos nosotros los que debemos hacernos prójimos de cualquiera que nos necesite, inclusive amar a los enemigos. El modelo es el amor mismo de Dios: “Sean misericordiosos como el Padre celestial es misericordioso” (Lc 6,36).

Qué cosa quiera decir amar concretamente, Jesús lo ejemplifica con las palabras del Juicio Final: “Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber; fui forastero y ustedes me hospedaron, desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y vinieron a verme” (Mt 25 35-36); y Cristo lo resume formulando en términos positivos la así “llamada regla de oro”: “Traten ustedes a los demás como quieren que los demás los traten. En esto consiste la Ley y los Profetas”. (Mt 6,12).

Amar al prójimo, por tanto, significa hacer el bien, con alegría y creatividad. La medida es Jesús mismo: “Como Yo los he amado a ustedes, así ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34).

No olvidemos que la vida no siempre la hacen tan difícil nuestros enemigos concretos, como, sin embargo, “los enemigos de nuestra imaginación, que nosotros mismos hemos fabricado”.