¿En qué sentido Cristo es el Señor?

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P. Pegueros: “¿En qué sentido Cristo es el Señor?... ¿Por qué Jesús es Señor del mundo entero y de la historia?... ¿Cuándo comenzó la Iglesia a llamarlo Señor?... Que Dios lo bendiga en estas fiestas…”

Tomás Medina Flores (Morelia).

Las primeras comunidades palestinenses de lengua aramea, todas ella convencidas de que pronto regresaría el Mesías con toda su gloria, lo invocaban como Señor: “Marana tha”, “Señor nuestro, ven” (1Cor 16,22). Poco después, en las comunidades helenísticas de lengua griega, adquirió mucha importancia la profesión de fe: “Jesús es el Señor”, como condición para ser salvados.

Según el Antiguo Testamento, “Señor” (en hebreo Adonay, en griego Kyrios) es un título reservado a Dios: “Yo soy el Señor y no hay ninguno otro” (Is 45,5). Jesús como hombre recibe del Padre este nombre “que está por encima de todo otro nombre” a causa de su obediencia hasta la muerte en cruz; pero en la profundidad de su persona desde toda la eternidad vive junto al Padre y en perfecta igualdad con Él. El señorío que ejerce Cristo sobre todos los creyentes y sobre su Iglesia, sobre la historia de los hombres y sobre el mundo entero, es aquel mismo de Dios, para dar la vida y la salvación con la fuerza del Espíritu Santo.

No es un nombre mágico para eliminar nuestros miedos, sino un regalo que el Padre nos hace en su Hijo Único Jesús. Por eso los domingos proclamamos: “Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios…”

Este Señor que nos ha dado el Padre nunca oprime a nadie, sino libera y nos hace crecer. Y todo aquel que dobla sus rodillas delante de Él permanece de pie frente a los poderosos de la tierra y no tiene miedo al destino o a las amenazas de fuerzas obscuras.

Nuestro Señor Jesucristo está junto a nosotros como Cabeza de la Iglesia, en la que comienza ya ahora el Reino de Dios. Va por delante de nosotros como Señor de la historia, en quien los poderes de las tinieblas serán definitivamente derrotados y los destinos del mundo se cumplirán según el plan de Dios. Él está sobre nosotros como el único ante quien nos hincamos en adoración, aunque se nos presente como un Niño recién nacido, débil y humilde, acostado en un pesebre.

Cristo sale a nuestro encuentro en la gloria, en un día que no conocemos, para renovar y llevar a su consumación el mundo. Su cercanía la podemos experimentar al leer, escuchar y meditar las Sagradas Escrituras, para ponerlas en práctica. Lo mismo en la participación de sus Sacramentos, especialmente en la Confesión, la Comunión y la asistencia a la Santa Misa, que nos mandó celebrar como memorial suyo.

Si Jesús es el Señor por excelencia y nos enseñó que vino a servir, no a ser servido, hemos de vivir pendientes de los pobres y desvalidos para que un día escuchemos sus palabras: “todo lo que hicieron con uno de estos más pequeños, Conmigo lo hicieron”.