¿EN QUÉ CONSISTE LA PAZ DE CRISTO?

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P. Pegueros: “¿En qué consiste la paz de Cristo?... ¿Dónde podemos encontrar esa paz que Cristo prometió darnos y que no es la paz que da el mundo?... Saludos en el Señor…”

Alfonso Montoya García (Morelia).

Dios no creó al hombre para que sufriera y muriera. La idea original de Dios era que los hombres vivieran en un paraíso terrenal. Como Él es puro Amor, creó al hombre a su imagen y semejanza, para que viviera en amor, armonía y paz con Dios mismo, con su entorno de la naturaleza, los animales y las plantas y con los demás hombres, comenzando por la paz y amor entre el hombre y la mujer.

Después del paraíso terrenal seguía para el hombre la vida eterna con Dios en el Paraíso celestial. Pero, por la envidia del diablo, entró en el mundo el pecado y con la desobediencia de nuestros primeros padres, entró en el mundo el desorden y ahora vivimos con la falta de armonía con Dios, con los demás hombres y con todo lo que nos rodea.

“Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” dice san Pablo. Por eso nos encontramos muchas veces con cristianos, especialmente mujeres, que viven realmente en la paz de Cristo. Son personas que le han creído a Jesús y desde niños han descubierto la alegría que produce el tratar de seguir cada día aquel consejo del Maestro: “Aprendan de mí que soy manso y humilde corazón y hallarán descanso para sus almas” (Mt 11,29).

La paz de Cristo, esa paz que nos dejó en la víspera de su pasión, el primer Jueves Santo, es el corazón de su Evangelio, es la “buena noticia”. Es el mensaje del crucificado-resucitado que parece increíble cuando las penas y la desesperación nos agobian, que con firmeza nos repite para sanar nuestro desanimo. El temor y el miedo encierran, pero la paz de Cristo nos abre, nos ilumina y nos libera.

Su paz es una Bendición, es consuelo y salvación para todos. A sus discípulos les enseñó que cuando entraran en una población o en una casa dijeran como saludo: ¡Shalom! Paz a los de esta casa, o a los de este pueblo.

La paz que Cristo ofrece resulta de la acogida y del perdón sincero, sin críticas ni exclusión, una paz generosa. Y así como Él decía: “Nadie te ha condenado, yo tampoco te condeno, vete en paz” y también “Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso”; así también nosotros hemos de trabajar por solucionar nuestras diferencias con los demás.

Porque Jesús nos dejó a todos aquella bienaventuranza: “Dichosos, bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios”. Todos sus seguidores hemos de convencernos que la paz de Cristo es fruto de la gracia divina y hemos de pedírsela continuamente a Dios y hemos de esforzarnos por tener esa paz interior para poder comunicarla a los que nos rodean.

No es fácil la tarea, por eso recurrimos a María Reina de la paz, para que ruegue por nosotros, por nuestra familia y por el mundo entero.