“Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”

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P. Pegueros: “¿Qué significa esta primera afirmación que hacemos sobre el Espíritu Santo cuando rezamos el Credo los días domingos?... ¿Cómo se comenzó a recitar este artículo sobre el Espíritu Santo?... Le pedimos su bendición... y que Dios lo bendiga…”.

Familia Camarillo-Cortés (Zitácuaro, Mich.).

La fe cristiana es una decisión personal, pero nadie puede darse la fe por sí sólo. La recibimos de los demás y la trasmitimos a otros; los demás nos sostienen en la fe y nosotros sostenemos a los demás en su fe. Para compartir la misma fe y profesarla juntos, se necesita un lenguaje común; son así, prácticamente indispensables, las formulas fijas.

Santo Tomás de Aquino hizo famosa en teología una afirmación: “El acto de fe no termina en el enunciado, sino en la realidad”; es decir, la fe no tiene por objeto la fórmula, sino lo que indica la fórmula. Para todo cristiano es un deber pasar de creer en el Espíritu Santo a la experiencia del Espíritu Santo en nuestra vida diaria.

Tenemos en la Iglesia dos Credos. Uno, más breve, llamado “Símbolo de los Apóstoles”, porque es el resumen de lo que ellos predicaban. En éste se dice simplemente: “Creo en el Espíritu Santo”. En cambio en el segundo Credo, el Símbolo Niceno – Constantinopolitano, producto de dos Concilio, proclamamos: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas”.

San Gregorio Nacianceno (+389) reconstruye el proceso que siguió la Iglesia hasta reconocer la divinidad del Espíritu Santo. El Antiguo Testamento proclama abiertamente la existencia del Padre y anuncia veladamente la del Hijo. El Nuevo Testamento proclama abiertamente al Hijo y empieza a revelar la divinidad del Espíritu Santo. Ahora en la Iglesia, el Espíritu nos concede confesar nuestra fe en Dios Uno y Trino.

San Atanasio (+373), abre el debate sobre el lugar del Espíritu Santo en la Trinidad. La doctrina en torno al Paráclito había permanecido en la sombra porque la divinidad del Hijo no había sido definida, lo cual tuvo su lugar en el Concilio de Nicea (325).El debate concluye en el Concilio de Constantinopla (381), que aprobó la fórmula amplia.

El nuevo Credo cayó en el olvido durante casi dos siglos. El Concilio de Calcedonia (451) lo recuperó y lo adoptó como base de fe común para las Iglesias cristianas y echó a andar una reflexión muy rica sobre el Espíritu Santo que sigue creciendo hoy.

“Señor” en relación con Espíritu Santo quiere decir “que pertenece al mundo del señorío de Dios”; en otras palabras que es Dios. Unos Obispos del Concilio de Constantinopla pidieron se afirmara su igualdad con el Hijo y el Padre, pero la mayoría aprobó la fórmula que conocemos, por razones de oportunidad.

“Dador de vida” es una expresión del Nuevo Testamento especialmente en san Pablo. Nos da la vida divina, la vida de Cristo y nos ayuda para que nos renueve siempre y renovemos al mundo.