¿En qué consiste el infierno?

purgatorio

P. Pegueros: “¿En qué consiste el infierno?... ¿Por qué se predica muy poco sobre esta verdad de la fe cristiana?... ¿Cómo se explica el infierno siendo Dios tan bueno?...”

Carlos Méndez Farfán (Morelia).

Dios creó al hombre a imagen y semejanza suya. Dios es amor y nos hizo capaces de amarlo a Él y de amar al prójimo. Y como el amor tiene que ser libre, nos dotó de libertad. Pero nuestra libertad tiene una seriedad dramática: estamos llamados a la vida eterna con Dios, pero podemos caer en la perdición eterna. “Delante de los hombres están la muerte y la vida; a cada uno se le dará lo que él haya escogido”, dice el Sirácide (15,17).

Dios quiere que todos los hombres se salven y vivan como hijos suyos en Cristo, por toda la eternidad; sin embargo, para cada uno existe la triste posibilidad de condenarse: misterio inquietante, pero reafirmado muchas veces en la Biblia, con palabras llenas de amenazas y de amonestaciones. Sabemos que el diablo y sus seguidores decidieron separarse de Dios, se han condenado de hecho. Para los hombres, en cambio, se trata de un riesgo real. Por eso la Escritura nos invita fuertemente a la conversión, como recordándonos: esto puede suceder, pero no debe absolutamente acontecer. También esta revelación es obra de la misericordia infinita de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica resume así los datos de la fe cristiana sobre este tema: “Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios se designa con la palabra infierno” (n. 1033).

San Juan Pablo II enseñaba: “Las imágenes con las que la Sagrada Escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente. Expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios. El infierno, más que un lugar indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y de alegría” (Audiencia 29 de julio de 1999).

San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, decía que si un sacerdote no habla con sus fieles sobre esta realidad del infierno, si no les advierte sobre este riesgo en el que todos estamos porque somos pecadores, está faltando a la caridad y puede ser pecado grave. Es cierto que Dios es Padre misericordioso y que no puede el sacerdote dejar de predicarlo con mucha frecuencia, sin olvidarse de recordar el peligro en que nos encontramos: el hacer mal uso de nuestra libertad que Dios respeta tanto.

El infierno no es un castigo de Dios ni menos una venganza suya por nuestros pecados. Es la última consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra quien lo ha cometido. Es la situación en la que se coloca definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre, incluso en el último momento de su vida.

No es Dios quien condena a los hombres. Es el mismo hombre el que elige vivir sin amor en su vida.