¿Cómo comportarnos ante la ira?

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P. Pegueros: “¿Cómo comportarnos ante la ira?... ¿Por qué el Catecismo pone a la ira como uno de los siete pecados capitales?... ¿Existe la ira justa?... gracias…”

Juan Botello Silva (Zitácuaro).

El hombre para sí mismo es un gran enigma, un gran abismo. Después del pecado original, Dios no lo abandonó ni lo abandona nunca. Todo hombre que se acerca a su Creador y Señor recibirá la luz necesaria para iluminar ese gran enigma y ese gran abismo. Desde esa iluminación, se advierte el mal que hay en nuestro interior. No necesitamos observar a los demás para descubrir la inclinación al mal que llevamos cada uno.

La experiencia cristiana ha distinguido, siguiendo a San Juan Casiano y a San Gregorio Magno († 604), siete tendencias puestas por Dios en el hombre para conseguir su bien: el aprecio de sí mismo, el uso de los bienes de la tierra, la sexualidad, la agresividad ante las dificultades, la tendencia a la comida y bebida, la emulación, el deseo y necesidad de descanso.

Nuestros instintos naturales, desordenados por la herencia del pecado original, transforman estas tendencias en un desorden, que cuando se sigue voluntariamente, constituye los siete pecados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Y se les llama capitales porque dan origen a otros pecados más.

La ira o la cólera es, en primer lugar, un afecto natural, como reacción a una injusticia que experimentamos. Tiene muchas manifestaciones: desde el mal humor, el pesimismo y la amargura, hasta sospechar de mala intención en los demás, los celos, el rencor y el deseo de venganza.

La ira en sí misma es justa y hasta santa cuando está motivada por defender los derechos de otros, especialmente la santidad y la soberanía de Dios. Así se ve en muchos personajes bíblicos y en el mismo Jesucristo en varias ocasiones; recordemos su reacción con los fariseos hipócritas y al arrojar a los mercaderes del templo.

La ira injusta es la que va contra la justicia y la caridad y cuando se hace duradera se convierte en odio y se desea el mal del prójimo, lo cual es pecado grave. Toda ira que no se controla, especialmente el deseo de venganza, está dirigida contra la paz y altera “la tranquilidad en el orden”.

Jesucristo nos enseña: “Han oído ustedes que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Pero yo les digo: ‘Amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen’; para que sean hijos de su Padre celestial que hace salir su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5,43-45).

Hay una gran diferencia entre el pecado del que se deja dominar por la ira y la crueldad del que odia. El odio es el mayor pecado contra el prójimo. Escribe San Juan: “Todo el que odia a su hermano es un homicida” (1Jn 3,15).

Para todo cristiano, el remedio a la ira, tan frecuente hoy, es escuchar y seguir realmente a Jesús: “Aprendan de Mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).