“Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?”

pablo no se avergon

P. Pegueros: “«Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?»... ¿No es esta pregunta, dirigida a los Apóstoles, la que Jesús nos hace hoy a todo bautizado?... ¿Cómo espera el Señor que le respondamos nosotros?... Gracias y oraciones mutuas…”

Luis Vargas Mendoza (Pátzcuaro, Mich.).

Este interesante episodio tiene como escenario la parte norte de Palestina, cerca de las fuentes del río Jordán, en la región de Cesarea de Filipo. A solas con sus discípulos, Jesús les dirige una doble pregunta. La primera se refiere a lo que dice la gente acerca de Él. Jesús no lo ignoraba, pero la finalidad era preparar el camino para la segunda.

Los Apóstoles no tienen dificultad en recordar las opiniones más corrientes: un profeta como Juan Bautista, Elías, Jeremías u otro de los profetas. Escuchada esta respuesta, el Maestro interpela directamente a los que había escogido, haciéndoles la pregunta decisiva:

“Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?”

Con esta simple pregunta, Jesús hace ver a los suyos que ha llegado para ellos el momento crucial. Tienen que definir lo que piensan de Jesús personalmente. Luego del tiempo de vivir con Él, ya no les permite refugiarse en categorías ajenas.

Conocemos la respuesta clara e impetuosa de Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Y desde luego que Cristo espera de cada seguidor suyo una respuesta personal que sea fruto de habernos dejado tocar por esa pregunta. No se fía de respuestas apresuradas, ni se contenta con una simpatía simplemente humana, ni con reconocerlo como un gran personaje. Pedro habló movido por el Espíritu Santo. Nosotros hemos de “abrir de par en par las puertas a Cristo”, como nos pedía San Juan Pablo II al principio de su Pontificado. Hemos de reflexionar y de rezar para seguir, lo mejor que podamos, “el Evangelio de Jesús”.

Los Evangelios, de principio a fin, son una respuesta a la pregunta sobre la identidad de Jesús y van revelando –cada Evangelista con su propio modo de ser– todo el “misterio” de Jesucristo: Dios y hombre verdadero, Verbo encarnado, que vivió oculto en Nazaret, que predicó el Reino de Dios, pasó haciendo el bien; padeció, murió y resucitó por nuestra salvación; que subió al Cielo para interceder siempre por nosotros.

Nunca han faltado personas que se acercan a Jesús o los acercan de niños y luego viven en gran admiración por Él, pero sin comprometerse gran cosa, reduciendo el Evangelio a su medida, sin conocer verdaderamente la grandeza y el compromiso radical que implica “el Evangelio de Jesús”, la Buena Noticia que vino a traernos de que Dios nos ama y que espera que nosotros, libremente, lo amemos a Él y a nuestro prójimo.

Si nos acercamos al conocimiento de Cristo con humildad y sencillez, pidiendo la ayuda del Espíritu Santo, encontraremos que las fuentes propuestas por la Iglesia, que son la Sagrada Escritura y la Tradición, nos revelan la verdad completa sobre nuestro Salvador.

Y todos los que somos catequistas en la Iglesia, debemos tener la preocupación por comunicar al Cristo total.