P. Pegueros “¿Qué nos sucede tras la muerte?... ¿Qué pasa con nuestro cuerpo y con nuestra alma cuando morimos?... ¿Con la muerte todo se acaba?... gracias…”.

Mª Luisa Mondragón Flores (Morelia).

Es un sano ejercicio cristiano el meditar en la muerte y en lo que viene después de ella. Se habla poco de estos temas, pero son asuntos que nos incumben a todos y que nos conviene tener presentes. La actual civilización llamada del bienestar, totalmente sumergida en las preocupaciones de la vida diaria, trata a menudo de borrarla de la conciencia de la gente, pero también hoy es preciso evangelizar sobre la muerte y la vida eterna.

La Iglesia nos enseña que en la muerte se separan nuestro cuerpo y nuestra alma. El cuerpo mortal cae en la corrupción, mientras que el alma, que es inmortal, sale al encuentro del juicio de Dios y espera volver a reunirse con su cuerpo cuando éste resucite en la segunda venida de Cristo.

La muerte pone fin a la vida del hombre en este mundo, al cual vino como un regalo de Dios para buscar, día con día, la amistad con su Dios: la gracia divina manifestada en Cristo. Con la muerte ese tiempo se nos ha terminado. Y cada persona recibe en su alma inmortal su retribución eterna, en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, ya sea a través de la purificación, ya sea para entrar inmediatamente a la bienaventuranza del cielo, ya sea para condenarse de inmediato para siempre.

Benedicto XVI en la Encíclica Spe salvi ha escrito bellos pensamientos sobre el Purgatorio, ese estado en que se encontrarán muchos hombres tras el tránsito de la muerte. Dice que puede haber personas que hayan vivido pisoteando el amor y que en ellos ya nada se podrá remediar. En ellos la destrucción del bien será irrevocable (infierno). Otra personas se habrían impregnado totalmente de Dios y su muerte no será más que la culminación de lo que ya son (cielo).

Pero, “no obstante, según nuestra experiencia, ni lo uno ni lo otro son el caso normal de la existencia humana. En gran parte de los hombres – eso podemos suponer – queda en lo más profundo de su ser una última apertura interior a la verdad al amor, a Dios”.

Quienes mueren así pasan por una purificación (purgatorio) ante Dios Juez. Dicha purificación comporta dolor y alegría. Dolor porque quema lo impuro que hay en nosotros, pero alegría porque sabemos que vamos a ser totalmente de Dios.

Nosotros, y esto es motivo de esperanza, podemos pedir por las almas del purgatorio. Es lo que hace la Iglesia en cada Misa que celebramos, en un recuerdo especial poco después de la Consagración y tiene un día dedicado a la conmemoración de todos los fieles difuntos. Además nos invita a rezar por nuestros hermanos que han muerto. Si aquellos por los que pedimos ya pasaron al cielo, la Iglesia nos enseña que Dios recibirá nuestras suplicas y las aplicará a almas más necesitadas.

La Iglesia rechaza toda superstición sobre la muerte.