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P. Pegueros: “¿Qué significa trabajar por la paz?... ¿A quiénes se refería Cristo en la séptima bienaventuranza?... ¿Para los cristianos, la paz no es un don de Dios?... Saludos…”

José Botello Salas (Morelia)

La paz cristiana, que san Agustín define como “la tranquilidad en el orden” indica unidad y comunión en armonía y serenidad. La fuente de esta paz se encuentra en la comunión de Dios Amor, uno y trino. El corazón humano ha sido creado para reflejar y construir esta misma comunión en la familia y la sociedad. El hombre, como imagen y semejanza de Dios, está llamado para construir esta comunión personal y comunitaria.

La paz (shalom) “es obra de la justicia” dice Isaías (32,17) y es efecto de la caridad, afirma el Vaticanos II (GS 78). Pero siempre será un don de la benevolencia de Dios. Este concepto de paz tiene una significación rica y compleja. Referido al ámbito personal se pude hablar de estar en paz consigo mismo como el de ser pacífico en relación con los demás. En un sentido político, el significado de la paz se ve limitado y reducido a un mero estado de ausencia de guerra.

La bienaventuranza de Jesús se refiere a los que trabajan por la paz (eirenopioi en griego), literalmente son los hacedores de la paz. En algunas versiones de la Biblia se traduce: los pacíficos. Pero usar este término puede conducir a una idea errónea: una actitud personal pasiva o indiferente, propia de personas tranquilas que no molestan a nadie ni quien ser molestadas. Jesús no promueve esa actitud negativa, sino que se refiere a la posición activa de los que trabajan por la paz.

Es curioso que el acaudalado fabricante de la dinamita, Alfredo Nobel, inventara un premio anual para los artífices de la paz. Sin embargo, la paz comienza en uno, se realiza en la familia y se extiende en la sociedad. A todo cristiano, que puede estar en cualquier rincón del mundo, no le faltarán oportunidades de trabajar por la paz. Si no se presentan solas, al mejor estilo del Papa Francisco, hay que salir a buscarlas.

Dada la fragilidad de la voluntad humana, herida por el pecado, ya desde los orígenes de la humanidad, la paz será siempre una construcción dolorosa, para ir superando las divisiones del corazón y de la sociedad. Ni el pacifismo ni la violencia construyen la paz. Cuando se rompe la unidad interna y externa, amenaza la guerra y la violencia. Se puede afirmar que un corazón dividido es la causa de la falta de paz.

El objetivo de la Encarnación del Hijo único de Dios es el de “establecer la paz o comunión con Él y una fraterna sociedad entre los hombres los hombres” (AG 3). Es la paz mesiánica del cantico de la Navidad: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres amados por Él (Lc 2,14). La misión de la Iglesia: ser germen de unidad universal.

La paz sólo se consumará con la segunda venida de Cristo nuestro Salvador y Señor.