P. Pegueros: “¿Qué dice la Biblia sobre la tercera edad?... ¿Qué nos aconseja la Iglesia a sus hijos que hemos llegado a la mayoría de edad?... Muchas gracias…”

Octavio Castro Rosas (Morelia).

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Para poder entender mejor el sentido y el valor de la vejez, es necesario recurrir a la Sagrada Escritura. Sólo a la luz de la Palabra de Dios, en verdad, podemos sondear la plena dimensión que tiene esta etapa de la vida humana, en lo espiritual, en lo social y en relación con Dios y Padre de todos.

La muerte en edad tardía se considera como un regalo de Dios. Llega a las personas como algo natural. Sólo se considera como un drama cuando el que muere es joven, lleno de energías y con toda una vida por delante.

En el mundo bíblico encontramos el cuarto mandamiento que nos manda honrar al padre y a la madre. Y también se nos dice: “Ponte en pie ante el hombre de canas, honra al anciano y teme a Dios”. (Lev 19,32). Tanto en la vida religiosa de los Israelitas como en la vida de los bautizados en Cristo, las personas de la tercera edad son consideradas como maestros de la vida por su sabiduría y experiencia; como transmisores de la fe que recibieron de sus antepasados y han de heredar a la nuevas generaciones; y como lugar de manifestación de la gracia, ya que el grano ha de morir para dar fruto (Jn 12,24) y Dios elige las cosas débiles para manifestar que todo lo divino es puro don de su misericordia (1Cor 1,28).

Todo cristiano sabe que Dios lo ha creado para que sea eternamente feliz. Y esto lo alcanza conociendo a Dios, amándole, sirviéndole y viviendo con agradecimiento hacia su Creador. El plan de Dios al crear al hombre es claro: la ha creado para vivir. Y para morir. Y para vivir. Tal es el ritmo cristiano de la existencia: vivir – morir – VIVIR. Quitamos ésta última pieza, y la vida humana es una atroz decadencia. San Pablo nos dice que el hombre desearía saltarse la muerte; cosa imposible. Lo que si podemos hacer es prepararnos para vivir eternamente con nuestro Creador, ensayando cada día el vivir en el amor: en el amor a Dios, en el amor al prójimo y en el amor a nosotros mismos, ya que Dios es amor. Además, no debemos olvidar lo que decía san Juan de la Cruz: “al atardecer de tu vida te van a examinar de amor”.

Hoy en día somos cada vez más los que llegamos a la tercera edad (mayores de 66 años), por diversas causas. Llegamos con la disminución de nuestras fuerzas físicas, al momento de los achaques, pocos o muchos. Llegamos a la oportunidad de mayores ejercicios espirituales. Siguiendo a san Ignacio, que como buen soldado, quiere que no perdamos una buena condición espiritual.

Nos recomienda: alabar a Dios por tantos beneficios recibidos; hacer reverencia a nuestro Creador; y servir a Dios, especialmente sirviendo al prójimo.

Nuestra relación con Cristo ha de seguir creciendo.