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P. Pegueros: “¿Qué entiende por santo la Biblia?... ¿Por qué la Iglesia llama santos al referirse a personas y cosas muy diversas ?... Lo saludamos atentamente…”

Pedro Rojas Esquivel (Salvatierra, Gto.).

Los católicos y los cristianos en general hablamos con toda naturalidad de personas santas (San José, San Felipe de Jesús) y de cosas santas (los Santos Evangelios, los Santos Lugares, la Santa Misa). Al hablar así no decimos ninguna herejía, porque Dios, el Solo Santo, nos concede participar  de su propia vida santa.

La palabra hebrea para decir “santo” es Qadosh, que viene a ser “consagrar” o separar o dedicar alguna cosa o alguna persona a Dios, sustrayéndola del uso profano. Con otras palabras, significa entregar personas o cosas al servicio de Dios. Este verbo forma una familia con sus derivados que, en conjunto, aparecen en el Antiguo Testamento hebreo más de 500 veces.

Cuando decimos santo, pensamos en seguida en “perfecto”. Para el pueblo israelita se trata de una cualidad que sólo Dios tiene. Yahvé es el único Santo de modo total y absoluto. La extensión del término al templo, a Jerusalén y a los objetos del culto nos permite entender el misterio de Dios como amor que se comunica haciéndose continuamente “presencia” de salvación en la historia de su pueblo.

Qadosh puede funcionar como adjetivo y como sustantivo, y se aplica a:

* Objetos o cosas: el santo altar, el santuario del Señor Altísimo (Sal 46,5) (Lev 6,9).

* Los ángeles: tenemos ejemplos en  Job 5,1 y 15,15, donde se habla de “santos” para referirse a los ángeles.

* Los hombres: como Aarón, “el santo, el consagrado del Señor” (Sal 106,16). Los sacerdotes “deben de ser santos para su Dios, y no profanarán el nombre de su Dios” (Lev 21,6).

* El pueblo elegido: “Seréis para Mí un pueblo santo”. “Sean santos para Mí, porque Yo, Yahvé, soy Santo, y los he separado de los demás pueblos para que sean míos”.

* Sobre todo, y esto es lo más importante, se aplica a Dios “el Santo de Israel” que no le gusta destruir; el tres veces Santo, según Isaías; el Dios que con amor de Padre libera a su hijo Israel de Egipto y lo enseña a andar.

El Nuevo Testamento acepta de la fe israelita la noción de santo y le confiere una especial particularidad: la santidad tiene su origen en la fe pascual de la Iglesia y en la experiencia del Dios único, que en Jesús se revela en su riqueza inefable de Padre, Hijo y Espíritu Santo. De ahí el carácter eminentemente personal de la santidad divina, que del misterio de la vida trinitaria se comunica como salvación a todos los hombres.

La fuente de nuestra santidad es Dios. Nuestra pertenencia a Él, por Jesucristo, nos hace santos. Cuanto mayor sea nuestra cercanía con Dios, cuanto más no relacionemos con Él, más santidad (a la criatura, llena de gracia, más cercana a Él la llamamos ¡la Santísima Virgen!).

Proclamemos diariamente: “Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria”.