P. Pegueros: ·”¿Cómo ve la Iglesia a los judíos?... ¿No tenemos con ellos un verdadero parentesco espiritual?... ¿Por qué hubo una separación tan larga con ellos cuando hay tantas cosas que nos unen? Que Dios lo bendiga y lo guarde…” Eduardo Padilla Camacho (Morelia, Mich.)

papa francisco judios

La historia de la Iglesia Católica en relación con los judíos no ha sido nada gloriosa. Pero tampoco presenta una imagen absolutamente negra como algunos historiadores han llegado a describir. En los primeros años del cristianismo, mientras se escribía el Nuevo Testamento, hubo problemas entre la sinagoga y la Iglesia.
El hecho de que no se terminara la religión judía sino que siguiera su propio camino llevó a que algunos Obispos y Santos Padres desarrollaran la idea de la servidumbre de los judíos: así como Esaú perdió sus derechos de hermano mayor, así el pueblo israelita perdió sus derechos ante la Iglesia, nuevo pueblo de Dios. En un principio esta servidumbre se entendió en sentido espiritual, pero con el tiempo pasó a entenderse en un sentido legal que llegó a pesar en el ámbito social y político.
En la Edad Media encontramos persecuciones contra los judíos en tiempos de las Cruzadas; eran considerados como “enemigos de Cristo”, a los que había que aniquilar. Al mismo tiempo hubo Papas, Obispos y emperadores que los protegían. En muchos Concilio locales se les condenó con el pretexto de que algunos judíos habían profanado la Sagrada Eucaristía y cometido sacrificios rituales de niños cristianos. Tal vez lo más grave fue la Inquisición, que los acusó de herejía y de apostasía, pero la Inquisición no tenía jurisdicción sobre los no bautizados.
El Vaticano II habló muy positivamente sobre los judíos en la Constitución sobre la Iglesia (LG 16): lo llama pueblo amadísimo, depositario de las promesas de Dios, que son sin arrepentimiento. También hizo una declaración especial en el Decreto sobre el Ecumenismo (núm. 4), que significa una forma de ver a los judíos enteramente nueva: son distintos, pero no son enemigos que deban de ser aniquilados.
La Iglesia, después del Concilio, considera que el pueblo de Israel no perecerá jamás ni por la impaciencia de los pueblos ni por la suya; Israel reposa sobre la paciencia de Dios. Y la Iglesia cree y espera firmemente que esa paciencia de Dios conducirá al final a la salvación a todo Israel.
Nadie puede acusar de la muerte de Jesús ni a todos los judíos de entonces ni menos a los ahora. La Escritura no puede aducirse en apoyo de la idea de que los judíos son un pueblo maldito por aquello de que cayera su sangre sobre ellos y sus hijos. Hoy la Iglesia “deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos”.
Tenemos mucho en común: la fe de Abraham –padre común– y el Antiguo Testamento. Jesucristo, la Virgen María, San José, los Apóstoles y muchos de los primeros cristianos eran buenos judíos. Los Papas los han llamado: “nuestros padres en la fe, nuestros hermanos mayores y que nosotros somos espiritualmente judíos”.