P. Pegueros: ·”¿Qué significa la sangre en la Biblia?... Si Dios prohíbe, desde un principio, el derramamiento de sangre humana, ¿no será un pecado muy grande asesinar a un inocente antes de que nazca?... ¿Se salvan los niños abortados?... Lo saludamos”.

Jorge Sarabia y familia (Pátzcuaro, Michoacán)

La sangre (en hebreo: dam) es una de las realidades simbólicas más importantes para el conjunto de la Biblia. Esta palaba está vinculada con la vida humana y con los sacrificios, y recibe a lo largo de las Escrituras una serie de diversos significados.
En el Antiguo Testamento aparece cerca de cuatrocientas veces, y Dios revela a los Israelitas que la sangre tiene un carácter sagrado, pues la sangre es la vida y sólo Yahvé es dueño de toda vida. De ahí que reciban tres mandatos fundamentales que son:
Prohibición del homicidio. “Al que derrame la sangre de hombre, otro hombre derramará la suya; porque el hombre ha sido hecho a imagen de Dios” (Gn 9,6).
No comer sangre de animales. El hombre sólo puede comer la carne de animales ofrecidos en sacrificio, pero no su sangre porque le pertenece a Yahvé (Lv 17,11).
El uso de la sangre como alianza. Antes de salir de Egipto, los israelitas inmolan un cordero y con su sangre señalan las puertas de sus casas como símbolo de la alianza de Dios con su pueblo, y así lo recordarán cada año con la fiesta de la Pascua (Éx 24,3-8).
Los tres primeros Evangelios dan testimonio de que todos somos pecadores, responsables de toda sangre derramada; y de que Cristo es el Cordero que derrama voluntariamente su sangre para la redención de todos. Judas reconoce que entregó la sangre de un inocente. Pilatos se lava las manos, mientras la multitud pide que esa sangre caiga sobre ellos y sobre sus hijos (Mt 27,24s).
San Pablo insiste en la sangre redentora de Jesucristo que nos libró del pecado y de la muerte (Rm 5,9). Los cristianos hemos de beber su sangre y comer su carne para realizar una verdadera comunión con el Señor muerto y resucitado (1Cor 10,25s).
En el Evangelio de San Juan, Jesús se presenta como el Buen Pastor que “da la vida por sus ovejas”; de su costado abierto brota sangre y agua, símbolo de los sacramentos de la Eucaristía y del Bautismo (Jn 19,31-37).
Nuestra triste “cultura de la muerte”, a la que no nos resignaremos nunca, nos hace recordar que Dios defiende la vida porque sólo a Él le pertenece. La Iglesia, fiel a Cristo, sigue declarando el aborto como algo muy grave. Para las personas que lo practican o colaboran hay excomunión (de las pocas que quedan). No es que la Iglesia los excluya; ellos mismos se excluyen de los sacramentos, se apartan totalmente de Dios. Sólo pueden ser absueltos por el obispo o por un sacerdote autorizado.
Existe el bautismo de sangre (los mártires) y los niños abortados son martirizados. Los que mueren por aborto espontaneo, no buscado, van también al Cielo. La idea de limbo no puede sostenerse.