jusrcP. Pegueros: “¿Jesucristo es nuestro Salvador?... ¿De qué nos salva el Señor Jesús?... ¿Por qué se le aplica el título de Salvador a Jesús?... ¿Qué implica en nuestra vida?... gracias…”

Epifanio Salinas Torres (Morelia).

La salvación (la “salus”) es libración del mal, al menos en alguno de sus aspectos: dolor, enfermedad, muerte, opresión, error, hambre, injusticia, miedo, desanimo… Toda religión busca una “salvación” respecto a esas limitaciones humanas, pero especialmente respecto al pecado.

Cuando el Cristianismo habla de salvación, no hace a un lado ninguno de esos aspectos señalados por otras religiones, sino que propone una salvación especial, una salvación integral, que va más allá de todo lo que un hombre puede esperar, porque se trata de “una vida nueva” en Cristo y de perdón de los pecados, ya que Cristo murió por las culpas de la humanidad entera.

En el Antiguo Testamento se anuncia y se reconoce que Yahvé Dios es único Salvador de su pueblo escogido, lo libra de sus enemigos y perdona los pecados, cuando se aparta de los mandatos de su Creador.

En el Nuevo Testamento se repite una vez más que Dios es el Salvador de todos los seres humanos. Sin embargo, muy pronto el título de Salvador se empieza a aplicar a Jesús.

Los Apóstoles enseñan que Jesús, Dios y hombre verdadero, bajó del Cielo “por nosotros y por nuestra salvación”. San Pedro, un humilde pescador, ahora lleno del Espíritu Santo, asegura ente el Sanedrín: “En ningún otro está la salvación, pues no hay bajo el cielo otro nombre que haya sido dado a los hombres por el que debamos salvarnos” (Hch 4,12).

El mismo nombre de Jesús, dado por el ángel Gabriel, significa “Yahvé salva”, libera, ayuda; con lo que la Iglesia recibe como revelación que la voluntad del Padre era que su Hijo Único, nacido de María Virgen, sería el Salvador de todo el género humano: “Le pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21).

En Jesús apareció algo que sólo podía hacer Dios: perdonar los delitos y pecados. Todas las culpas de la humanidad se reducen a lo mismo: la soberbia de querer ser “como Dios”, el orgullo presuntuoso de actuar por sí solo, de rivalizar con Dios y ocupar su puesto, de decidir lo que es bueno y lo que es malo, de ser el dueño de la vida y de la muerte. Dios es el Salvador, nosotros los que estamos en peligro. Él es el médico, nosotros los enfermos. Reconocerlo es el primer paso hacia la salvación, hacia la salida del laberinto en el que nosotros mismos nos encerramos con nuestro orgullo. Levantar los ojos al cielo, extender las manos e invocar ayuda es el camino de la salida, por eso nuestra Madre la Iglesia nos enseña a decir cada día: “Ven, Jesús, a salvarnos”.

Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, ha realizado la redención de la humanidad mediante su Pasión, muerte y Resurrección. Él pagó con su propia Sangre: “Nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo como Salvador del mundo” (1Jn 4,14).