maciel

Descubre tu presencia, máteme tu vista y hermosura; mira que la dolencia de amor, que no se cura, sino con la presencia y la figura. San Juan de la Cruz.

Se llamó José, como el santo Patriarca. En el nombre, llevaba su identidad, su vocación, su misión, su destino. No le falló en nada: varón justo, término que engloba al santo, al bueno, al honesto, al justo, al piadoso, al bienaventurado. Hombre de silencio y de contemplación casi innata, como el Santo Patriarca, que habla más con los gestos y las actitudes que con las palabras; que es responsable y cumplidor en los pequeños y en lo grande. Así fue San José, así fue el Padre José Maciel Ramos, que se fue a los noventa años al cielo para escuchar la bienvenida: ¡Pasa siervo fiel y prudente, entra al gozo de tu Señor!

No es bueno canonizar antes de tiempo, pero no se puede menos que dar gracias por el hombre de Dios que fue el Padre José. El repasó en su vida toda la historia de la salvación, la vivió en carne propia, se identificó con el Hijo de Dios paso a paso. Fue un chivero que se hizo pastor, un juanbautista que se convirtió en profeta místico, una especie de abortivo que vino a ser como el apóstol, luz para las gentes. Mañana se lo llevarán a su monte de las Ranas —Maciel, le decía yo, pero si ahí ni agua hay- , que se convertirá en adelante en montaña de las bienaventuranzas, en monte Tabor, en Calvario también, con el Sepulcro abierto al lado.

Hombre humilde, sencillo, sin doblez, transparente y diáfano, pero profundo, inexplicable, inagotable: un prodigio de la Gracia, sin que ni se diera cuenta. Ninguna historia es suficiente para dar razón de sus gestos, de sus palabras, de sus actitudes, del testimonio de su vida. Solamente la noche sosegada, la música callada, la soledad sonora, la cena que recrea y enamora. Lo sabemos los benditos que tuvimos la dicha que compartir con él la existencia, la nuestra y la de él. Sus gentes lo están esperando, como tantos fines de semana que se iba para allá. De lo más profundo de las almas, -desde lo hondo clamo a tí, Señor- brotará un clamor, como un grito del Espíritu: Santo Subito, como gritó el pueblo santo y fiel de Dios cuando se nos fue Juan Pablo II. Que al cabo ya le tienen varios milagros en vida, como cuando devolvió un avión de Aeromexico en el aeropuerto de Guadalajara: señorita, le dijo muy correcto a la azafata, yo me tengo que bajar aquí, se lo dijo cuando ya la aeronave carreteaba para tomar pista; y ¿por qué no se bajó? Es que desde la ventanita se vela muy bonito para abajo...

Habla nacido el 18 de marzo de 1927, y entró al Seminario el 26 de diciembre de 1943, después de cursar la primaria en Puruándiro co la célebre señorita Herminia. Le tocó algo de la diáspora y luego ya en Morelia estuvo en el Carmen haciendo su Seminario Mayor. Se ordenó Sacerdote el 26 de octubre de 1950, por la imposición de manos del Sr. Arzobispo Don Luis María Altamirano y Bulnes. A los pocos días de su ordenación, sus compañeros — Trino, Esteban, Feliciano, Pancho, Aurelio, Mundo, Felix, quedan ya pocos vivos- le enviaron el siguiente telegrama: Maciel, no te olvides estar mañana a las doce del día en tu tierra Las Ranas: ¿Motivo? Tu Cantamisa....

Allí estuvo puntualmente, no faltaba más. Y ahí empezó su largo y fecundo ministerio. Fue celador

de los famosísimos Niños Cantores de Morelia, donde conoció a Romano Piccutti, al Maestro

Miguel Bernal Jimenez, y al santo varón Canónigo don José María Villaseñor, de quien habría de ser sucesor con los años como Director Espiritual del Seminario de Morelia. Estuvo en Pátzcuaro un breve tiempo, junto a Don Vasco y a la Virgen de la Salud, que le imprimieron carácter. Lo mandaron a San Diego Curucupatzeo, la parroquia "mas lejana y temida" del Arzobispado, donde tenía que esperar a que cayera del techo el "Niño", ponzoñosa sabandija que tenía que ejecutarse para poder echarse a dormir. Estuvo en los pueblos de la serranía de Mil Cumbres, San Antonio y el Caracol, donde mandó muchachos al Seminario que todavía andan por ahí en el ministerio, y donde desde entonces la gente lo tiene por un santo. Allí como en ningún otro lugar, se contagió con el olor de las ovejas, como dice el Papa Francisco, a quien tuvo la dicha de saludar en la Catedral cuando vino a Morelia en febrero del año pasado. ¿Qué le dijiste, Maciel? Ni me acuerdo...me quedé atónito y muy emocionado...se me olvidó el discursito que preparé para decírselo; ahí está la foto que atestigua...Después, anduvo por los rumbos de Puruándiro donde respiró aires de liberación, muy propios del tiempo del postconcilio, bajo la gula de su gran amigo mi primo el Sr. Cura Alberto Carrillo Cázares.

De ahí pasó al Seminario de Morelia, como Director Espiritual del Mayor. Ni el podía imaginar lo que el Señor le tenía preparado, pues le tocó ayudar a discernir las cosas del Espíritu a cientos de seminaristas, ser confesor de los mismos y de muchos sacerdotes y hasta Obispos, de innumerables Religiosas, y de gente que acudía a él porque le conocía. Ya pásele, nos decían los seminaristas, cuando nos velan platicando con él en las afueras de su cuarto...ya pásele para que se confiese. Allí fui vecino de él, hasta que me fui a Campeche; el «la que me nombraron, andaba para variar en Las Ranas; al regresar por la noche, se encontró con la noticia...Ay, Carlos, a poco es cierto...A partir de allí, nos hicimos muy amigos. Formamos un Equipo Formador a todo dar, con el Señor Acevedo y Don Luis Flores al frente. También dió algunas clases, pero su ministerio lo ejercía en su habitación, en el confesonario, y caminando por el campo de futbol platicando con el seminarista en turno.

Fue un Sacerdote a carta cabal: centrado en lo esencial, el amor a Cristo y a su Madre Santísima, gran imitador y admirador de San José su Santo Patrono, Lector asiduo de San Juan de La Cruz —en su habitación habla una pintura que le hizo Tito, un seminarista de Mexicali- y de Santa Teresa, que le modelaron su alma y le impulsaron a alturas espirituales que sólo Dios conoció, y que ahora sin duda lo tienen ya de compañero con los místicos, hablando el mismo idioma celestial y contemplando a la misma Trinidad Santísima: apaga mis enojos, pues que niguno bsta a deshacellos, y veante mis ojos, pues eres lumbre de ellos, y sólo para fi quiero tenellos. El centro de su vida era la Sagrada Eucaristía, donde después se entretenía largas horas en diálogo con el Señor, intercediendo por todos los que el Señor le habla confiado, y por la Iglesia universal, a la que amaba con un amor filial y esponsal. Al Padre lo transformó el Espíritu a través de la oración, él fue un orante excepcional, que sin duda tuvo momentos de éxtasis que sólo a los muy amados concede el Señor, y de los que la mayoría somos profanos. Formado en la más pura tradición tridentina, no tuvo inconveniente para abrirse a los nuevos tiempos que trajo a la Iglesia el Vaticano II: de tonto no tenía un pelo, aunque tenía poco pelo ya al final. Fue, en cierta medida, un sacerdote actualizado en los principales lineamientos sobre la eclesiología, la liturgia, el

apostolado de los laicos, y sobre todo la espiritualidad sacerdotal. Se me agolpan los recuerdos, de tantas experiencias compartidas, así en el Seminario, como en las visitas que me hada a Campeche y luego a Zamora, donde ejercía yo mi ministerio. A mi regreso a Morelia, y ya desde que estuvimos juntos en el Seminario, de repente nos salíamos de paseo a Pátzcuaro, alguna vez a Zirahuén o hasta a Uruapan: por el camino, platicábamos de "omni re scibili et de quibusdam aliis" como decía Pico de la Mirándola, es decir, de todo, para que no sufran con los latines: de la Iglesia universal, de la Historia de la Iglesia en México, de los Sacerdotes que nos tocó conocer, de los Obispos, por supuesto no faltaba el tema del futbol, del que yo era el experto y él el aprendiz, para él no habla más que Pelé y el Brasil, cuando lo eliminaban, ya no sirve ese Campeonato, me decía; pocas veces lo llevé al estadio, pero me acuerdo mucho que una vez fuimos al Azteca a ver un Brasil-Argentina, final de un Campeonato Mundial de segundo rango: Brasil 1- Argentina O, salió muy contento. Inolvidables los paseos a Manzanillo, a Acapulco o Aguablanca, con el Equipo Formador del Seminario, al fin de los cursos cada año. También nos dimos una escapada juntos a El Salvador, Centroamérica, para estar presente en la toma de posesión del Arzobispo Primado de allá, José Luis Alas Escobar, nuestro querido alumno, y visitar a tantos sacerdotes que estuvieron con nosotros aquí en Morelia formándose durante la terrible guerra civil. Allí nos tomamos una foto, exactamente en la Capilla y en el Altar donde fue asesinado el ya beato Mons.Oscar Arnulfo Romero, el obispo de los pobres.

Este mediodía lo despediremos en una Misa que se celebrará en el Seminario, que fue su casa durante tantos años. Allí estaremos el Cardenal Alberto Suárez Inda, con quien se estimaban y querían mucho, nuestro actual Arzobispo Don Carlos Garfias Merlos, devoto del Padre como yo también y muchos, los Obispos Auxiliares y Emeritos, sin duda muchas decenas de Sacerdotes y de llorosas religiosas y monjitas, que anoche en el velorio tenían los ojos rojos; los seminaristas que quizás ya no le alcanzaron, y sus familiares, sobrinos y sobrinas muy queridas, hijos de algunos de sus hermanos, que ya le precedieron en la casa del Padre.

Estos son solamente algunos testimonios así, al momento, ya vendrán tiempos para profundizar en la vida de este gran hombre, sencillo, sin alardes, sin grandezas humanas, y que precisamente por eso se ganó el corazón de tantas personas, también de muchas familias, por donde quiera que pasó en su larga vida. Ahora sí se cumplió el dicho popular: "se nos fue el santo al cielo". ¿De qué murió el Padre Maciel? Bueno, aquí dije algo "de qué vivió", falta decir "de qué murió". La respuesta es obvia, del mal del calendario; pero algo le tuvo que pasar: estaba ya recluído en el Seminario Guadalupano, pero gozaba de cierta estabilidad; cada cinco o seis días lo visitaba, para continuar con nuestras conversaciones, para rezar un poco, para recibir absoluciones no sólo de él a mi, sino de mí para él, como lo hice al menos dos veces, en sus momentos difíciles, la última apenas antier con la bendición papal, porque más vale que sobre y no que falte.

Ayer que murió, me dieron ganas de presidir la Misa Conventual en Catedral a las nueve de la mañana, y sin más hablé para avisar. Mientras iba de camino, me llamó Don Alberto y me dijo: ya murió el Padre Maciel. ¿Hace cuánto? Hace unos minutos. Eran como las ocho quince de la mañana. Ah, dije, ya sé por qué me dieron ganas de ir a Misa a esas horas, y ya se quién me inspiró

la iniciativa. Y le dije: gracias Padre Maciel, por tantos ejemplos que nos diste y tanta vida que pudimos compartir, hasta tus últimos momentos...

¿Qué de qué murió este santo varón? Que la respuesta nos la de otra mística: iAy qué larga es esta vida! !Qué duros estos destierros, esta cárcel, estos hierros en que el alma está metida! Sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero, que muero porque no muero.

* Morelia, Mich. 23 de marzo de 2017. † Carlos Suárez Cazares, Amigo del Padre José Maciel Ramos, Obispo Auxiliar de Morelia.