Lo mío, lo tuyo

 

La posesión y propiedad privada es para nosotros un lenguaje común y natural por la manera en que vivimos, un sistema que nos ha mentalizado para organizarnos y subsistir; no conocemos otra manera de comprender las economías en los distintos niveles, lo “mío” y lo “tuyo” parece ser el lenguaje cotidiano en la manera de entender posesiones y determinar de quiénes son las cosas materiales o propiedades que este mundo nos ofrece. Vaya, es un lenguaje propio de la filosofía materialista y del sistema que hemos conocido toda la vida.

Cuando esta mentalidad llega hasta la manera de definir nuestras relaciones humanas con las personas es cuando nos convertimos en cosas u objetos de posesión. En el matrimonio es muy común los pronombre posesivos “mío” o “tuyo” en la esposa o el esposo, marcando más posesión que identidad, expresiones que pueden llevar a una interpretación equivocada del matrimonio, o también en la amistad, la convivencia, la socialización en grupos humanos y comunidades diversas rebajando la persona humana a un objeto de posesión.

El pensamiento cristiano emana de Jesucristo, que compartió con toda la humanidad un mensaje de salvación que comprendía justicia, paz, verdad, bondad y libertad; esta última como una de las acepciones menos estudiadas y valoradas por la espiritualidad católica. La libertad que se predica en los Evangelios está lejos de posesiones, que para poder ser discípulos y misioneros de la Buena Nueva no se requiere “más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; solo dos sandalias y dos túnicas” (Mc 6, 8); es decir, lejos del posesionarse y apegados a una libertad apostólica y misionera.

En la Iglesia es común escuchar en el lenguaje de los agentes de pastoral y en su pastores expresiones muy posesivas como si fuéramos dueños de la viña que Jesús nos ha encomendado en la constante acción evangelizadora: “tu” parroquia, “mi” diócesis, “nuestra” comunidad o “nuestro” movimiento; la mentalidad posesiva en nuestras parroquias y comunidades eclesiales da pie a parcialidades y se fracciona la Iglesia perdiéndose la libertad del Espíritu y la esencia del Evangelio que tanto se predica.

APUNTE

“La mentalidad posesiva en nuestras parroquias y comunidades eclesiales da pie a parcialidades y se fracciona la Iglesia”.