¿Qué haces, querido Mac?:

¿Alguna vez te has preguntado por qué somos como somos? ¿Por el ADN inscrito en la forma de ser de la llamada “raza de bronce” con sus peculiaridades, sus virtudes y sus defectos, que afloran en momentos de grandes crisis o de espectaculares alegrías? Pienso esto, porque en sucesos como el sismo del 19 de septiembre saltaron dos formas de ser de nuestro pueblo que invitan a una reflexión profunda para estudiar nuestra reacción ante fenómenos como el sucedido en la fecha anotada.

Ante la catástrofe que dejó el temblor, surgió algo que nuestro pueblo ha manifestado en otras ocasiones: la solidaridad, esa compañía compasiva que trata de ayudar en momentos tan trágicos como los vividos ese fatídico día. Hubo un movimiento generalizado para ayudar a los que sufrieron pérdidas de vidas o la casi totalidad de sus bienes. Todos a una, corrieron a servir a sus semejantes prestando los servicios urgentes que los damnificados necesitaban. Se vio una hermosa colaboración que unificó a todos para ayudar a mitigar el dolor de los que perdieron a familiares y que con angustia y desesperación trataban de encontrar entre los escombros a las personas a las que sorprendió el sismo dentro de sus casas. Todo el país fue testigo de la solidaridad y del afán por prestar ayuda a los que pasaban por momentos tan dolorosos y dramáticos. Esa ejemplar ayuda nos refleja como personas que en momentos de dolor somos capaces de olvidarnos de nosotros mismos para mitigar el sufrimiento de los demás. Somos un pueblo que responde en forma unida y compasiva ante sucesos tan trágicos como el vivido en septiembre. Gracias a Dios.

Pero hay que observar con un juicio severo a los que nos presentan la otra cara de la moneda, unos seres humanos viles e imbéciles que se aprovecharon de la generosidad de mucha gente que aportó ayuda en ropa y alimentos y que, al final, vivales sin conciencia desviaron a no se sabe dónde todo lo que una gente buena ofreció para aliviar en alguna forma el drama por el que estaban pasando muchas familias. Dios les perdone lo que a muchos les parece difícil de perdonar.

Pero... Siempre hay un pero. A medida que pasó el tiempo, el barniz de solidaridad cesó y apareció nuestro verdadero carácter: el individualismo que nos atrapa, y cada quien a lo suyo. Los demás que se las arreglen como puedan. No importa el sufrimiento que padecen los que se quedaron con su casa derruida, sus muebles inservibles y con pérdidas casi totales de su patrimonio. Y ahí tienes a los damnificados durmiendo en la calle, en casas de campaña o bajo improvisados techos de hule, sufriendo las inclemencias del tiempo y con la esperanza casi perdida, para muchos es un verdadero calvario. Se terminaron los deseos de seguir acompañando compasivamente a sus prójimos.

¿Sabes cuánto aportaron de ayuda los que la ofrecieron? Estadísticamente, ¡31 pesos!, según datos proporcionados por organizaciones civiles. Eso manifiesta una solidaridad casi inexistente de la que hacemos gala. Faltan datos sobre lo que donaron las clases altas y los bancos. El problema es tan enorme, que faltarán muchísimos recursos y quizá años para reconstruir lo perdido.

No cabe duda, en casos tan dramáticos como lo sucedido en septiembre, se pone de relieve la verdadera alma de un pueblo. Recibe mis mejores deseos y un cálido abrazo: Mac.